lunes, 23 de agosto de 2010

CARTA DE UN SOÑADOR

A veces se está tan cerca como lejos de lo que se anhela. Incluso, cuanto más cerca quizás más lejos. Es esa sensación de poder rozar casi las cosas sin llegar a tocarlas, de acostumbrarse a mirar sin intentar ver más allá. Como quienes lo hacemos tras una ventana, contentos por tener la oportunidad de observar, de anhelar a distancia, escondidos... no vaya a ser ¡que nuestro deseo nos mire!

Porque, ¿qué pasaría si coincidiese la mirada del sueño con la del que sueña? Probablemente el soñador cerraría los ojos como si de un acto reflejo se tratase. Es la magia propia de los deseos la que nos hipnotiza. Al principio perseguimos el final, después... el final de todo no resulta tan excitante como el principio, y antes de que se tornen en pesadillas... se vuelve al inicio. A la magia de lo intocable, que como un aroma se hace presente, se deja apreciar. Pero se escapa al resto de los sentidos... Es especial, sí, lo es por el hecho de que nunca se posa en la mano.

Así que se va desarrollando el sentido del olfato, olvidando el de la vista, anhelando el del tacto... olvidándonos uno por uno de los restantes. ¡Tanto es...! que volver a ver, conseguir tocar u otra cosa perteneciente a los otros sentidos, provocaría cierto temor. ¡Pues claro!, ya no se trataría del aroma, lo único "tangible" e intocable a la vez, y aquella ventana por la que el soñador observaba escondido, se habría abierto de par en par dejándolo completamente al descubierto ante la mirada del sueño.

La curiosa lucha de quien anhela queriendo dejar de anhelar lo que observa oculto... envenenado por la magia de soñar. Virtud hecha defecto, defecto hecho desconfianza (que no desesperanza) posiblemente, porque aún la mirada de un sueño... no se ha cruzado con la de, por el momento, un eterno soñador.


Poderoso es aquel o aquella, una vez que un sueño le mira




LJB

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