domingo, 5 de diciembre de 2010

NAVIDAD

Navidad. Esa época que tanto difiere entre niños y adultos. Un mismo mes visto desde unos ojos adultos que una vez vieron… sintieron como un niño. Y eso es lo que nos importa. En cambio, ese niño presenciará la navidad como un adulto, cuando el tiempo decida que debe hacerlo. Pero eso, no es lo que le importa. La lógica del pequeño es mayor que la de los mayores. Lo que no existe porque aún no se ha dado, se ignora.

Diciembre está lleno de luces de colores que saludan, de juguetes que aún sin tenerlos ya generan el cosquilleo de la ilusión, de la magia. Diciembre son abuelos, primos, tíos, padres, amigos. Para ellos es el mes que confirma lo que llevan creyendo siempre: que lo fantástico existe.

Para nosotros, la cosa cambia un poco. Es la fecha del calendario que nos da otra oportunidad para seguir creyendo en el dibujo de los sueños que antes pintábamos, y que ahora es un trazo. El mismo trazo que año tras año repasamos con la esperanza de que un día cambie y adquiera los colores que de pequeños, le hubiésemos dado con nuestra caja de lápices.

A veces diciembre se enfría, y aprieta el viento de la nostalgia, nos dibuja en calles vacías donde respiramos la alegría de los demás. Nos alimentamos de la compañía de los otros, de sus sonrisas, de sus corazones llenos que se permiten volar aún más en los días últimos que zanjaran otro año.

Con esos pensamientos, el joven se acercó a un escaparate en el que asomaba una bola de cristal de esas que se agitan dejando caer la nieve. El reflejo de casi toda la calle se podía ver en aquel objeto de la infancia. Deseó estar allí dentro y formar parte de lo que había fuera, pero donde pese a estar allí mismo, no podía sentirse dentro.

Así fue como año tras año tuvo la navidad que deseaba. Viendo las caras de otros adultos que como él, se acercaban a aquella bola. Una joven alegre y aparentemente normal, se podía ver al otro lado del cristal. Era la primera vez que el muchacho deseaba más que nunca estar donde, pese a no encontrar su lugar, era su sitio. Golpeó con fuerza para romper el objeto.

Se despertó sobresaltado en el banco de la plaza. Vio el escaparate y se acercó. Allí estaba ella, la joven del sueño, admirando como él aquel juego de nieve atrapado en el cristal, con la nostalgia infantil propia de los adultos que desean lo que nadie puede traerles. Entonces, la bola se convirtió… no en el objeto deseado, sino en el cristal que en lugar de separarlos, aquel mes de diciembre, les había unido por el resto de las navidades.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Y MAÑANA... ¿PODRÁS VERTE?

¿Porqué hay personas que son incapaces de imaginarse en un futuro?, debe de haber una razón. Y mientras la buscas, una sensación de temor te invade. ¿Es por simple falta de imaginación o proyección? ¿O quizás porque nuestro destino no llega más allá de hasta donde somos capaces de vernos? Mientras piensas esa idea, parece que la alimentas. Es sumamente fácil engordar lo malo. Es como si nuestras habilidades estuviesen más desarrolladas para pensar en lo que nos asusta y al contrario sucede con lo bueno, éste es como un estómago reacio a incrementar su peso por más comida que le añadas.

Estoy segura de que la solución a muchos problemas es el mismo causante de ellos: el tiempo. El causante de la incredulidad con el paso de los años, de la desconfianza, del desánimo, de la desesperanza que, afortunadamente, siempre vuelve a esperanzarnos. La esperanza uno la pierde cuando después de tanto vivido, la vida le supera. Supongo, que debe ser como un instante de máxima locura en el que te reduces a nada y sientes que todo es en vano, que tu fe, tu esfuerzo, tu lucha, no se recompensa. Quién sabe, podrían considerar a los que permanecen internados con sus delirios, eternos desesperanzados. Porqué no afirmar que todos hemos sido en algún momento, almas desesperanzadas.

Puede que no creamos en ningún dios, pero puedo afirmar que en “algo” (aunque no sepamos qué) creemos. El ser humano actúa movido porque la vida (que respira como nosotros) le vea y le escuche y cuando más lo necesitamos, nos toque dándonos una palmada en la espalda, que se manifiesta en un hecho, en algo que anhelamos, esperábamos y que, suspirando agradecemos a dios (o a lo que creamos) que nos haya sucedido.

El tiempo… el tiempo es una cadena de manos que ciertas veces hemos deseado romper para unirnos a otra, que nos sitúa en otro momento, que nos permite volver a decidir, a escoger, y a estar junto a otras manos que de otra forma no sería posible. Pero el tiempo se mueve en una sola dirección, la misma en la que debemos caminar. El resto… el resto queda grabado en nuestras cabezas, para que le echemos un vistazo, para interiorizar lo que aprendimos. El tiempo lo es todo, nuestra ilusión, decepción, es la línea en la que todo tiene cabida. En la que existimos, y si fuese posible retroceder, hasta devolveríamos la vida a personas que quisimos, coincidiendo con ellas de nuevo o, dejando de existir nosotros.

Pero ¿porqué hay quienes no logran verse en un futuro?, creo que es por el poder que generan las ideas, que han sido condicionadas por nuestras experiencias, que generan expectativas, que por temor a no cumplirse y a la decepción hacen que optemos por no poder imaginarnos en lo que para nosotros sería, la palmada más grande que en la espalda, calurosamente… la vida nos diese.

lunes, 15 de noviembre de 2010

OTRO CALENDARIO

Aquellos pies corrían para estar siempre en la orilla, esperando a que la última ola, que nunca rompía, le alcanzase. Un mar en eterno movimiento que parecía no llegar a él pese a estar allí mismo, formando parte de su brisa, de su sal.

A veces la vida se muestra así. Y a veces el temor no es cumplir años, sino alcanzar esa edad sin nada de lo que imaginaste. Edades distintas y sin embargo, las mismas velas, el mismo pastel, el día más diferente e idéntico a los restantes del año. El calendario se convierte en una incertidumbre de la que estamos seguros. Pocas veces la seguridad nos da miedo. Si Alex miraba el calendario de un año, del otro, del siguiente a ese otro, y del siguiente al siguiente… era como si estuviese ante la visión de lo que verdaderamente son: Espacios vacíos que esperan llenarse, que esperan suceder. Pero para cobrar vida no basta con que uno la tenga.

Pese a todo, aunque le pareciese que nos acostumbrábamos a nuestra soledad, incluso aunque temiésemos quererla, jamás lo haríamos. Porque lo que hace que soportemos la soledad, es la esperanza del momento en el que aquella ola moje nuestros pies; y aquellas velas sean la luz de lo que anhelamos cuando somos la brisa que las apaga. Cuando soñabas con soplar esos futuros años que iluminaban en nuestra tarta favorita, la ilusión de quienes seríamos.

sábado, 30 de octubre de 2010

EL CABALLERO DE LA ARMADURA

Se abría paso entre la gente, con la cabeza alta, con el corazón frío. Estaba tan acostumbrado a dar pasos en falso que aquello le fortalecía, y si el suelo no se resquebrajaba a su paso entonces asomaba la duda del débil que se endurece. Que temple, que fuerza, nada podía traspasarle. Tal vez sí las espadas pero no las palabras. No aquellas que te disparan de lleno impidiéndote dar respuesta alguna. Porque hay palabras que a pesar de apuntar a la misma zona, te reviven o te causan una herida fatal.

¡Ay las palabras!, las heridas… las heridas fatales y su recorrido. Las hay fatales desde el primer momento y fatales finales; son las que se infectan y se tornan incurables. En ambas hay sufrimiento, pero en las segundas éste adquiere otras formas y se prolonga afectando a nuestra actitud, a nuestras ilusiones y a lo que somos: esperanza.

Así el guerrero se va armando de pies a cabeza. Lo que él no sabe es que a cada armadura externa le corresponde una interna y más difícil de quitar. El guerrero que de los demás se defiende se convierte en guerrero de sí mismo, en víctima de las palabras que sólo nos permitimos sentir aquella vez. Estuvimos tan cerca de lo que quisimos que volver a acercarse supondría el suicidio. Y por ello nos mandamos a la “nada” de una patada, flotando entre el deseo, entre el calor que no tuvimos y que ahora sólo nos permitimos intuir.

Es la forma más estúpida de creerse a salvo condenándose. Pero es una creencia en vano que nos calma por el hecho de no llevar nuestro nombre susurrado ni una mano hacia nuestro pecho. No es ninguna persona y nosotros no somos nada en ella. Estamos perdidos… pero no lo estamos en alguien, sino en nosotros mismos, y eso, aunque pueda parecer ridículo, nos da seguridad.

Él era un caballero de la armadura que como yo se abría paso. No porque nos temiesen, sino porque los demás eran caballeros de armadura repletos de heridas fatales, impenetrables pero igualmente vulnerables que creyéndose a salvo… se abrían a su vez, paso entre nosotros.

sábado, 23 de octubre de 2010

ILUSIÓN ¿LA TEMES O YA HAY TEMOR EN ELLA?

Como si corriesen de un lado a otro, centenares de hormigas jugaban en su estómago. Hormigas, mariposas… Éstas últimas eran más para los enamorados. Él prefería hacer alusión a esas incansables trabajadoras cuando se trataba de la sensación de “hormigueo”.

Seguro que como él, has sentido esas cosquillas tan diferentes de las que provocan carcajadas. Tantas veces experimentando la ilusión y nunca se había dado cuenta de que uno de sus componentes, aunque en poca proporción, es el miedo.

No asociamos jamás ilusión con miedo porque ésta es una emoción positiva que se relaciona directamente con el sentimiento de alegría y bienestar. Pero piénsalo. Cierra los ojos y dime, ¿de dónde viene el hormigueo que provoca esa adrenalina? En la ilusión hay lugar para la incertidumbre, no es una meta. Es el camino hacia ella. En ella no permanecemos quietos para disfrutar. Nos movemos disfrutando y disfrutamos porque caminamos soñando, porque sabemos que tenemos la posibilidad de alcanzar lo que anhelamos.

Mientras más aumenta esta emoción, más aumenta la adrenalina que generamos ante el desafío del sueño. Y cuando la luz se hace intensa y la meta está a la vista, la sensación es la de asomarse por un barranco y ver claramente tanto la posibilidad de conseguir lo que quieres como la de tener que seguir soñándolo. Ahí está ¡Ahí lo tienes! el temor que se diluye en la ilusión. Esas hormigas de nuestro estómago corren deprisa de un lado a otro. Es su forma de decir “Eh chaval, ten cuidado de confiarte, estás a nada de llegar pero todo es posible mientras no hayas llegado”.

Así que existe el temor en el ilusionado, y en el temor cabe la duda. Y por el temor, la duda y las ganas, existe el desafío que da lugar a la ilusión. La fórmula para que ésta sea esa emoción y no otra, reside en las proporciones de los elementos que la componen. Por eso se sorprendió, porque nunca antes había caído en la cuenta de que la ilusión es el temor en poca proporción con las enormes ganas de alcanzar al fin lo soñado... de un ilusionado.

lunes, 13 de septiembre de 2010

GALLINITA CIEGA

Gallinita ciega ¿qué se te ha perdido? Una aguja y un delantal… pues da tres vueltas y lo encontrarás.

Se que en todas las veces que nos perdemos ninguna es igual, porque siempre nos volvemos a encontrar… en sitios diferentes.

sábado, 28 de agosto de 2010

LA VIÑETA

Nada podía ser tan real como aquello. De pronto sus pies perdidos encontraban camino llevándole hacia algún lugar. Cerró los ojos y pensó en lo distinto que sería si pudiésemos hacer de las cosas que no nos gustan una viñeta… un trazo convertido en otra realidad. Así fue como intentó con la mano sobre su pecho sentir sus latidos, sorprendiéndose de su escasa masa corporal. Sí, tan poca, que pudo atravesarse y coger en ese instante el corazón; lo atrapó y lo observó durante un tiempo… era diferente, con esa forma tan peculiar que posee cuando lo dibujamos y tan alejada de la imagen que el verdadero tiene. Lo cierto es que estaba algo desformado.

Con su corazón hecho un guiñapo en el puño, lo lanzó bien lejos y al lado de su cabeza, justo a la derecha, apareció un bocadillo en el que se leía: “Desformado, como unos zapatos viejos que algún día hay que cambiar”, pero quien le estuviese leyendo nunca podría sentir lo que él, que atrapado en aquellas páginas se esforzaba por gritar.

Siguió caminando hasta llegar a la calle que tantos paseos le había visto dar. Una simple calle, como todas las demás, pero ésta era diferente, era la suya, porque las cosas, los lugares… no son nada por sí solos, los hacemos algo nosotros. Con los zapatos viejos que tantas veces la habían pisado, se sentó en su suelo, al final de ella. La sensación era tan agradable que sin darse cuenta se quedó dormido... entrando en el mundo de las verdades, ese que muchas veces nos hace reacios a la cama.

Se sentía tan grande en aquel mundo, que en las páginas siguientes quiso mostrárselo a la que le daba vida leyendo. Le contó que sentía el abrazo fuerte de alguien, uno de esos que casi te asfixian, de los que te dan ganas de tirarte horas y horas fundido en ese abrazo pero que en un instante dejas de apretar por vergüenza a que descubran ese pensamiento. Sin embargo aquel abrazo no sólo no finalizaba, era sentido, auténtico y de quien te prohíbe bajar al mundo real, con quien no te importaría pasar largas horas en un eterno abrazo… después una acaricia… y después…
¿Empezaba a llover?, había caído una gota sobre su nariz. Miró hacia arriba pero no existía el cielo, era el rostro de quien le leía, y la acaricia había sido una mano repasando su trazo en aquella página… Probablemente era alguien motivado que encontró en el personaje algo en común, pero no… aquellos ojos le sonaban… aquellos ojos le echaban de menos… y aquellos ojos eran su razón para dejar de ser un dibujo, recoger su corazón, volver al mundo de la realidad…
y ponérselo entre sus manos.

lunes, 23 de agosto de 2010

CARTA DE UN SOÑADOR

A veces se está tan cerca como lejos de lo que se anhela. Incluso, cuanto más cerca quizás más lejos. Es esa sensación de poder rozar casi las cosas sin llegar a tocarlas, de acostumbrarse a mirar sin intentar ver más allá. Como quienes lo hacemos tras una ventana, contentos por tener la oportunidad de observar, de anhelar a distancia, escondidos... no vaya a ser ¡que nuestro deseo nos mire!

Porque, ¿qué pasaría si coincidiese la mirada del sueño con la del que sueña? Probablemente el soñador cerraría los ojos como si de un acto reflejo se tratase. Es la magia propia de los deseos la que nos hipnotiza. Al principio perseguimos el final, después... el final de todo no resulta tan excitante como el principio, y antes de que se tornen en pesadillas... se vuelve al inicio. A la magia de lo intocable, que como un aroma se hace presente, se deja apreciar. Pero se escapa al resto de los sentidos... Es especial, sí, lo es por el hecho de que nunca se posa en la mano.

Así que se va desarrollando el sentido del olfato, olvidando el de la vista, anhelando el del tacto... olvidándonos uno por uno de los restantes. ¡Tanto es...! que volver a ver, conseguir tocar u otra cosa perteneciente a los otros sentidos, provocaría cierto temor. ¡Pues claro!, ya no se trataría del aroma, lo único "tangible" e intocable a la vez, y aquella ventana por la que el soñador observaba escondido, se habría abierto de par en par dejándolo completamente al descubierto ante la mirada del sueño.

La curiosa lucha de quien anhela queriendo dejar de anhelar lo que observa oculto... envenenado por la magia de soñar. Virtud hecha defecto, defecto hecho desconfianza (que no desesperanza) posiblemente, porque aún la mirada de un sueño... no se ha cruzado con la de, por el momento, un eterno soñador.


Poderoso es aquel o aquella, una vez que un sueño le mira




LJB

domingo, 15 de agosto de 2010

APARENTEMENTE

Al contrario que los sueños. Había sido real, le había conocido, y tal vez por primera vez, podía decirse que conocer “demasiado” no era “suficiente” Era como si aquella persona fuese un barranco constante por el que se precipita uno mismo. Ella quiso asomarse, pero ante sus ojos se mostraba un paisaje cambiante, siempre en pura metamorfosis. Con el tiempo se dio cuenta, de que ninguna de las imágenes que llenaban aquel precipicio eran verdad.

La joven quiso arrojarse, como si un momento antes de caer pudiese alzar el vuelo, claro que para ello, necesitaba de la imaginación de él. Necesitaba que aquel instante idease un paisaje que descendiese unos metros sin que nadie se percatase del descenso del nivel de aquella tierra y consecuentemente de su ascenso en el aire para no estrellarse. Pero dicha operación requería confianza, y lo más importante: sinceridad. Requería un borrador de mentiras. Sin embargo, sus mentiras podían distorsionar tanto la realidad que borrarlas implicaba hacer desaparecer sus tantas historias, y en definitiva, su única historia: la de él mismo. ¿Quién quiere borrarse así mismo?, aún peor… ¿quién quiere idearse como su propia mentira y vivir siendo una apariencia?

A ella le aterroriza pensar en los motivos que llevan a la distorsión de uno mismo. Es como ser tu propio túnel, en el que quedas encerrado perdido en la oscuridad, cuyas mentiras son señales luminosas que avisan al resto, de que hagas lo que hagas no puedes llegar al otro lado del túnel, porque la única luz presente, sólo puede activarla quien decidió vivir en la oscuridad.

"Ahora te recuerdo. Lo hago como si nunca hubieras sido real, no tengo ninguna imagen nítida de ti, ni del paisaje transformista en el que vivías, en el que quise pasear para comprenderlo todo. Y aunque quise vencer mi miedo a tu oscuridad, la mentira me recordó que es un laberinto de locura por donde nunca quiero caminar. Decidí quedarme parada en la última, la que califiqué de piadosa. No quise darle vueltas y pensar en las otras que posiblemente, me creí en su momento sin ningún espacio para la duda. No quise y no quiero. Porque no deseo juzgarte, porque no podría imaginarme que se pueda mentir con cosas que merecen el máximo respeto en esta vida. De este modo, aunque mi realidad te recuerde vagamente, te quiere dibujar con la mejor imagen que pude tener y creerme. Como la de la buena persona que percibí en ti, con aquellos valores que intuí y cuyos trazos, prefiero dejar incompletos para no hacerme una opinión, para no juzgar cuando se sentencia".


"Serás tu boceto en mi mente, el que fuiste y eres… aparentemente".


LJB

lunes, 9 de agosto de 2010

BOOMERANG

Cuando lanzas un boomerang por primera vez, uno debe aprender a que en el primer contacto lo más normal es que éste no vuelva. Por eso corrí por la arena hasta cogerlo y lanzarlo de nuevo. No se cuántas veces lo lancé, pero las cifras de aquel día no valían porque todas formaban parte de la primera vez.

Con frecuencia, hacemos esta clase de lanzamientos, especialmente cuando terminamos etapas y creemos una verdad que queremos que mienta: “aquella rutina que añoro ya no volverá”. Pero el ser humano necesita saber que las experiencias positivas vividas van a parar a algún lugar que no es la nada. Es la misma necesidad de creer que lo que apreciamos sigue vivo, como nos sucede con la “vida” en general y con la idea del “alma” y la “eternidad”.

Es por ello que lanzo una y otra vez esa frase, y mientras más la lanzo, más creo en su transformación, que al fin y al cabo es el significado del “cambio”. No se porqué tenemos la dichosa manía de dotar de gran importancia el primer pensamiento que se nos viene, y etiquetar como “incuestionable” la relación entre la palabra “cambio” y “fin”. Nuestro pensamiento a veces se llena de palabras urgentes, que como las prisas en cualquier aspecto que se den, no llevan a nada, tan sólo a retrasos. Es entonces cuando lo que queda de ti es tan sólo el reflejo, que pese a parecer irreal, es la parte más real de uno que mira hacia atrás (donde verdaderamente te encuentras) para decirte: “nada era tan urgente como caminar despacito ante los cambios”. Despacito y coordinado con la cabeza. Porque en situaciones de “transformación” nuestras fuertes piernas para andar se sitúan encima de los hombros.

Ahora vuelvo a coger esa frase, como el boomerang en la playa, pero esta vez entiendo su verdad “la rutina que añoro no volverá, sin embargo no se perderá”. No sólo se convertirá en otra rutina que en otro futuro añoraré, sino que cada una de sus formas permanecerá. Si no guardamos recuerdos, no crecemos, no podríamos echar de menos, no apreciaríamos pero tampoco dejaríamos espacio para aquellos recuerdos que hoy, aún no se han formado. En definitiva somos pura experiencia, puro recuerdo pasado y todavía no sucedido. Los recuerdos son “anclas” que nos hacen saber porqué estamos ahora aquí y porqué “somos”.

Por ello, los cambios son “puntos y aparte”. Son, en un principio, “boomerang” que no retornan inmediatamente a nosotros, de ahí que los principios cuesten tanto. Con el tiempo, ya no seremos “novatos” ante lo nuevo, y comprobaremos que aquello que un día lanzamos y que no volvía, regresará transformado… para nunca perderse.


LJB

jueves, 29 de julio de 2010

EL ESCURRIDIZO

Cómo te entiendo. Y qué poco me gusta entenderte, pues no se el motivo por el que sólo lo hago en lo difícil, lo casi incomprensible. Sí, se lo odioso que se hace cualquier camino cuando uno está así, se que todo se mezcla en las mismas proporciones y eso es algo que no puedes soportar, porque ante medidas iguales, el resultado parece ser la inmovilidad, lo neutro. Como dos fuerzas de la misma intensidad en sentidos opuestos.

Te escurres, como cualquier pez entre las manos. Te has vuelto tremendamente hábil. Ahora nadas por las aguas sin temor a hacerlo a contracorriente o a que tengas que esquivar muchos de los peces que danzan con sus aletas por ahí. Y aunque atrás quedó el brillo de tus escamas en esos días soleados, en los que los rayos atravesaban la superficie del mar… sabes que hacerse escurridizo nunca fue una buena opción, porque aunque ningunas manos llegasen a permanecer más de dos segundos en ti, era suficiente para quemarte la piel.

Sin embargo no dejé de creer en ti, pues de niña y cuando apenas tú sabías nadar, danzabas a mi alrededor mientras probaba con mis pies hasta dónde éstos llegaban. Incluso los días de oleaje, aparecías de repente dando un saltito para hacerme ver que estabas cerca. Eran tiempos mejores, en los que no huías de ti mismo y te dejabas querer hasta cuando las cosas no te iban del todo bien por el océano.

Recuerdo aquellos días porque se que te echas tanto de menos como yo a ti. Sabes que nunca pensé en hacerte la mejor pecera del mundo porque sólo puedes ser tú en la inmensidad de la libertad. Por mucho que ésta asuste, y también por mucho que nos perdamos en ella. Pero se que estás. Aunque te busques. Tal vez estés en el límite en el que el rayo de sol se desvanece en la distancia. Aún así, es suficiente para que intuyas mi reflejo o quizás alguna de las ondas de esa lágrima que se me ha escapado por echarte de menos. Tan sólo quiero decirte:
No pares de nadar, nada a tu ritmo, y lo que necesites para ser de nuevo ese gran corazón nadador… llegará y verás cómo no era imposible volver a danzar donde siempre fuiste tú, dónde siempre exististe… en la inmensidad del mar.




Hay quién es ese pez,
también quién es esa niña,
y quien es ambos a la vez.



LJB

viernes, 23 de julio de 2010

CONTADORES DE CUENTOS

Estos versos intentan ser una crítica a aquellos personajillos con los que todos nos hemos topado alguna vez, y que simplemente inventan historias de los demás ¿Solución? reírse que es lo más sano y dicen que rejuvenece xD


Hay bocas que marchitan,
junto a mentiras que gritan,
abrazos de espaldas…
al corazón.
Hay gente bendita,
gente maldita,
muchas mosquitas
y moscardón.

Hay disfraces grandiosos,
caretas que ocultan la intención,
pinceles que pintan engaños hermosos,
primer premio al mejor impostor.

Hay revuelto de necias palabras,
con un poquito de col.
¡Filetes con odio empanado!
al gusto del señor.

Hay armas en venta,
idiotas ansiosos por probar,
mala leche en oferta,
dos por uno, ¿quién da más?

Falsos que ganan concursos,
sinceros que vuelven a perder,
la verdad está en desuso,
como la buena fe.

Pero permítanme un consejo,
la risa siempre supo vencer,
y hasta lo más complejo,
lo sabe reblandecer.

Contadores de cuentos, ¡descansen!
que mañana han de inventar…
la gran historia de sus vidas
¡la gran mentira de su verdad!

Contadores de cuentos, ¡descansen!
que mañana han de escuchar,
la gran historia que de vosotros…
ahora cuentan los demás.


LJB

REVESTIDO DE SAL

El mar. Tu enemigo o tu aliado,
la libertad, la soledad
y mientras más libres seamos,
más difícil navegar.
La noche al caer está,
y el marinero vivo en punto muerto
pensando a qué puerto llegar.
Tal vez las olas lo lleven lejos,
tras haber sentido su sal,
y saber que un refugio es a veces el tiempo
en el que se puede olvidar.
Marinero que roca se siente,
ojos que lloran soñando nadar,
no mires más tiempo que no sea presente,
no te alejes del puerto que te abrazará.
Mueve tus brazos, confía en la suerte,
no mueras de frío por parar,
tienes el mar de tus ojos en frente
y un corazón fuerte,
revestido de sal.


LJB

jueves, 22 de julio de 2010

A TREINTA CENTÍMETROS DE TI

Treinta centímetros. La distancia eterna y más breve cuando nos conocimos. El espacio que nos separaba por la timidez y escasez de confianza era el mismo que dibujaba una fuerte línea de tu pecho al mío. El vacío de aquella distancia nunca había estado tan lleno… y nunca lo estaría.

Cualquiera que nos vea ahora, pensará que no nos hemos movido ni un ápice de aquella tarde. Sin embargo como el oyente que acaba de sintonizar la emisora, no sabe de qué se habla, y en su mente mantendrá su último recuerdo con la continuidad quebrada. Esos treinta centímetros no han cambiado nada pero lo han cambiado todo, llenándose de ceros a la derecha.

Hoy, seguimos manteniendo el mismo espacio, pero nosotros ya… no ocupamos el mismo lugar. La distancia más corta que sucedió sin darnos cuenta, es el punto final a un punto y seguido que no supo cómo seguir, haciéndose suspensivo.

Tu mirada frente a la mía permanece congelada, como el tiempo, como esos sentenciadores segundos. Esta vez, mis ojos te reconocen, y pese a los años… lo único que no nos separa de aquel principio es la timidez.

El dichoso nudo en la garganta es una manguera enredada, que nada tiene que hacer ante la presión del agua. La presión que busca las ventanas de mis ojos mientras un coche de bomberos se afana en extinguir las llamas que no arden.

Tal vez no compartas ni entiendas nada. Pero permíteme que golpee la puerta de esa habitación en la que comienza tu mundo, donde puedes volar entre todo, que es entre nadie; donde no te tienes que preocupar por esos centímetros que dibujan la línea discontinua que te une y separa en igualdad de aquellos que alguna vez, quiero creer, te importaron. Esa línea es tu ancla (al igual que aquel día), mientras permaneces inmóvil o inconsciente quizás, ante lo que algunos te brindamos por quererte.

Vuelvo al principio para jugar a desconocerte. Recorro todo lo andado este tiempo, me sitúo a tu lado para despedirme en el momento en que te conocí. Con el mismo espacio, con la misma frase, te sonrío por última vez: “Encantada de conocerte” –pronuncio mientras desaparezco… a treinta centímetros de ti.

miércoles, 14 de julio de 2010

SOBREVOLANDO EL ABISMO

"Dejar que suceda para cambiar lo sucedido". O simplemente esperar a que suceda y ya veremos lo que hacemos después. Pero ¿qué pasa con aquellas cosas que se quedan al borde de lo sucedido?, que no llegan nunca a pasar ni a traspasar la frontera. Aquello que no puede ser transformado porque ni siquiera “ha sido” y en el hueco del abismo que lo separa de la materialización, se despeña sin ser nada siéndolo todo. Es un ancla que nos arrastra y que en otros casos se oxida. Un ancla con peso de pluma, que se eleva y mezcla con el aire, dibujando círculos que nunca vemos pintados.

Es el encanto de la ilusión, el combustible intangible que hace que caminemos. Pese a agotarse numerosas veces, pese a luchar contra ello. Nos mantiene tanto en pie que si algún día los planetas se alinean y lo que no ha sido, simplemente “es”, sentiremos nuestros dedos aferrarse al trozo de tierra del abismo que tan peligroso se mostraba pero al que tan acostumbrados estábamos a sentarnos en él y balancear nuestros pies.

Todo lo escrito es fruto de ese barranco, por el que se arrojaban las anclas que después, ligeras, sobrevolaban siempre mi cabeza. Mientras tanto, las palabras que escribía saltaban salvando los metros que me separaban del suelo. Haciéndome ver que el otro lado existía, que los sentidos no me engañaban, aunque no hubiese podido llegar.

Puede que un día, de tantas cosas arrojadas, surja una montaña que en mitad del vacío nos haga alcanzar lo sucedido. Y entonces, puede que entienda que para conseguir lo que deseamos con tanto corazón, era necesario esperar y creerlo todo perdido.


LJB

martes, 6 de abril de 2010

LA MIRADA DE BEA

Bea tiene ese componente especial que la diferencia de todos, tiene esa magia en su mente que proyecta en la mirada. Así es capaz de crear historias a partir de lo más simple y cotidiano. Por ejemplo, lo que para alguien es la mala suerte de perder una cartera y su “punto final” del día, para ella es un comienzo perfecto de una historia, su punto y seguido. No le basta con limitarse, sino que tiene la necesidad de dar mil rodeos. Lo que es mala suerte para uno, puede ser lo contrario para otro o simplemente nada para el otro si éste decide transformar la mala suerte del primero en buena.

Con la cartera en sus manos se pregunta: “¿cómo es esa persona?” y antes de averiguarlo prefiere esperar un tiempo para imaginarlo, no hay nada más emocionante como jugar con la idea de lo desconocido. La creatividad está al cien por cien, no puede ser limitada como sucede con quienes conocemos, la información que ya poseemos reduce las posibilidades de la imaginación, pero ésta es tan inmensa… es como un majestuoso animal que se abre paso por la mente, enseñando los colmillos o mostrándose dócil, tierno… cualquier actitud es posible y llegar a tocarlo desvanecería esa ilusión de creer en una imagen u otra, en las diversas características que manifiesta nuestro poder de “soñar” ante lo que desconocemos.

La pérdida de algo que nos es devuelto puede ser casualidad o tal vez ¿causalidad? A Bea le fascinaba pensar lo segundo. Cuando pierdes algo tienes también la posibilidad de recuperarlo pero la probabilidad de que siga perdido es mayor. Tal vez porque en la sociedad en la que vivimos, sabemos que predomina lo que no debería hacerlo. Lo “natural” es que la gente se quede lo que encuentra, lo que es asociado como “buena suerte que uno tiene” y por lo tanto le pertenece por ser “su suerte”, pero ¿y si lo “natural” fuese lo que debe ser?, sería maravilloso vivir en un lugar donde al perder algo, pienses “seguramente alguien me lo devuelve, lo extraño es que no”.

Pero al margen de lo que “debería ser”, lo que “no lo es” tiene su “encanto”, pues lo malo deja cabida a pensamientos como los de Bea. Es dentro de lo malo, de lo que entendemos como “normal”, donde se podría imaginar que recuperar algo perdido es “causalidad”, y que esa situación te podría llevar no sólo a estar en tu estado inicial de posesión de lo que ya tenías sino a ganar. A nuestra chica no se le ocurre una circunstancia más emocionante para que dos desconocidos se atrevan a disparar contra el majestuoso animal de la imaginación, y todo por un simple gesto, una “pérdida”, algo cotidiano. Sin embargo, todo puede ser diferente si aprendemos a fascinarnos. Si aprendemos de esa magia con la que Bea miraba proyectando... lo insignificante de la vida.

sábado, 3 de abril de 2010

SI ME INVITAS A BAILAR

El Mundo danza y danza, baila sobre sí mismo y alrededor del Sol. Es demasiado grande para pararse por nosotros, a quienes no puede vernos. El Mundo es como un adolescente ensimismado en su habitación con su canción favorita sonando y retumbando fuertemente en los oídos. Y sí, los demás escucharán la música, y les molestará, pero ¿creéis que eso le importa al chico/a que baila y canta felizmente en su habitación?

Lo mismo nos pasa con La Tierra, y en ocasiones la gente vive siendo el gran pequeño mundo de este enorme Planeta Azul. Son tantos los que lo hacen que lo detesto- le dije a ella- en cambio me fascino con aquellos que creen firmemente que un pequeño mundo puede agrandarse y danzar mejor con otro pequeño. Que eso es más importante porque si la mayoría lo hiciésemos, podríamos ganar en tamaño y felicidad a la inmensidad del Planeta.

Ella me dijo:
Yo soy un pequeño mundo, mundo como sinónimo de vida, como todos. Y dentro de mí ya pueden estallar estrellas, chocarse conmigo, sentir cada noche una lluvia de meteoritos. Salir de mí y verme pequeñita, como una hormiga frente a ese caos, viendo todo lo que pasa, el fuego, las colisiones, los trozos de roca que se desprenden. Muchas veces me sitúo en medio de todo ello y temo por mí, y… demando, demando con voz baja, demando con mil demandas que se esconden detrás de la verdadera y única demanda. Porque ¡qué dificil es!, alzar la voz al Universo lleno de planetas como tú, para decirles: "¡Venid esta noche, regaladme parte vuestra y coged el cacho de mí que queráis!"
Pero, quién dice regálame, ya no puede esperar un regalo, porque ese regalo deja de serlo, después de haberlo dicho. Regálame nunca puede ser voluntario si es un imperativo, no puedes creerlo si es un futuro o tal vez condicional. Tan solo tiene sentido si es un "presente", regalo, “te regalo” y a la vez que este tiempo verbal le da su sentido, fíjaros, es también su sinónimo.

Mi razón para sobrevivir en medio del caos es no ser como los demás planetas. “No ser” en primer lugar, porque es algo espontáneo, surge y “no querer serlo” porque es algo que elijo no ser. Y seré muchas veces esa hormiga en medio de esa guerra de rocas, y como le pasa al Mundo con nosotros, nadie puede que la vea. Pero mi caos, es mío y la magia está en que jamás nadie es capaz de imaginar las estrellas que mueren en él (y tampoco las que nacen). No soy como los demás planetas, que giran sobre sí mismos y alrededor del Sol con la música alta. Me gusta tener la música suave no para avisar a nadie, sino para escuchar cuando alguién entra.
Yo se que el baile siempre es mejor... si cuando lo necesitas,
te invitan a bailar.

SONRISAS


Sonrisas… sonrisas de medio lado, que fingen que todo va bien o aquellas de medio lado, que afirman que se está un poco mejor y agradecen tu palabra en un instante necesitado; Sonrisas amplias, que irradian luz al mirarlas…sonrisas forzadas, vacías, que muestran algo escondido que probablemente seguirás sin saber, o tal vez emiten un grito, reclamando así tu ayuda. Son complicadas de detectar, y a veces se camuflan con las de medio lado. Algunas son como piezas de un puzzle que te incitan a jugar, a encajarlas.


Pero mi favorita… la más misteriosa: La sonrisa irónica… ésta oscila entre la melancolía, el dolor y el alivio. Éste último quizás se deba al sentimiento que uno posee cuando considera las cosas bien hechas en momentos determinantes para sí mismo. Las irónicas alguna vez en su periodo de vida fueron amplias, por ello, es por lo que poseen cierto aire de nostalgia, es una sonrisa erosionada que al recordar siente un pequeño pinchazo. Suelen ser de medio lado…alzando levemente uno de los extremos de la comisura de los labios. Esto no es porque finjan que algo duele, sino porque saben, que ya no debe doler, en consecuencia, no se atreve a convertirse en una sonrisa amplia, y lo que más me gusta de ellas… jamás llegarán a ser una sonrisa completa por su factor de nostalgia disuelto en carcajada… Las irónicas son así, y ninguna risa puede hacerle la competencia, porque nunca podrá expresar tanto las carcajadas de una risa, como las carcajadas tristes de la irónica sonrisa.

ÚLTIMA BALA



Si te digo la verdad, siempre te visionaba apuntándome con la mirada. Ahí me encontraba yo, con el corazón en alto. Tus respuestas nunca se dieron, al menos antes de que me dispararas con la boca, y yo que creía que no tenías balas, todavía aquella tarde, te quedaban unas pocas. Lo que ocurre es que, hay bocas que sin querer aprietan el gatillo, pero no es culpa de nadie. Ella no tenía culpa de ser la mejor pistolera de mi vida, ni yo... la de ser un gran actor aprendiéndome un papel secundario para evitar mostrar el principal, el que verdaderamente me correspondía. El personaje que no se puede encarnar porque ya lo es uno mismo.
Sin embargo, en el momento en que se dispara... y llega la bala, ocurre algo extraño, como si el personaje principal saliese a encubrir al secundario ¿No debería ser al contrario? el secundario está para no herir al principal. Pero en ese instante, no hay papeles que valgan, ni "personas-escudos". Te atraviesa, caes al suelo, aunque desde el exterior se te siga viendo en la misma posición. Al fin te has dado cuenta, no eres mucho más de lo que te gustaría ser, y lo peor... te olvidaste nuevamente de llevar el chaleco antibalas o antipalabras o... intenta no topar continuamente con buenas pistoleras que hacen que sin darte cuenta, te quites el chaleco antibalas o te olvides de que tus "superpoderes" eran sólo una sensación de bienestar cuando la tenías en frente, y que sigues siendo el mismo mortal que todos, e incluso a veces, el más vulnerable de todos.

Después te despides, sigues caminando como sólo lo haría un idiota, no estabas mirando a ningún lado, por lo que chocas contra el póster de una señal de tráfico que curiosamente... pone "stop". Tal vez sea algo más que una señal para lo coches ¿no crees? o tal vez sea lo que tú piensas.
Despiertas y dices "¡Uf!, menos mal que estaba soñando, otro de esos estúpidos sueños", pero cuando miras al espejo, ves que tu pecho está agujereado y que alrededor hay... restos de pólvora.

Ahora ¿quién crees que eres?, ¿el principal o el secundario?, quizás los dos hayan caído en el disparo, tendrás que inventarte otro personaje amigo... o cerrar los ojos y confiar en que aquella era la última bala en tu vida, y consecuentemente...

el último disparo.

TAN SÓLO RUIDO

Tambores. Los tambores hacen retumbar el suelo, las calles, las ventanas más próximas, el vientre, la memoria y el corazón. Aquel río de tambores era una brecha entre este mundo y el más allá, al igual que Caronte transportando las almas de los muertos, tal vez la diferencia es que el viejo barquero lo hacía en el silencio mientras que el sonido de la percusión, se convertía en ruido. Ruido indeseable entrando por los recuerdos, rajando los dos corazones que anteriormente vivieron por y para estas fechas.

Desde el otro lado de aquel ruidoso río, me planteaba ¿cuánto mal puede hacerte la misma causa que siempre te hizo bien?, ¿cómo se pasa de querer algo con pasión a bajar las persianas para evitar los gritos de los tambores?, quizás… cuando te despides de alguien el siguiente paso sea despedirte de todo. A pocos metros estaban mis pies de aquella casa separada por el ruido, a un lado la felicidad, mi alma tranquila y al otro la angustia, tener que escuchar la música que te devuelve transformado en dolor lo que fue tu vida.

Tambores. Tambores que golpean los latidos de quienes la naturaleza, lo común, les dio una única vez (pero suficiente) la espalda. Seguirá la música, seguirán recorriendo las calles bajo aquel balcón, el Cristo y la Virgen, porque todo sigue cuando todo se acaba. Ya no habrá Semana Santa, tan sólo… ruido de tambores.

FOTOGRAFÍA CARDÍACA

Aquel día por la mañana ya estaba lista para hacerme la radiografía. Nunca, hasta entonces, me habían mandado una radiografía torácica, lo que englobaba tórax, pulmones, grandes arterias, costillas, diafragma y corazón. Sobretodo corazón. No estaba asustada, la verdad. Siempre he gozado de buena salud, pero mentiría si dijese que estaba tranquila. Qué curioso, siempre he tenido claro qué pasaba en mi interior, diría que desde que nací, mi corazón ha sido mi más fiel radiografía. Sin embargo, hacía un tiempo que las cosas no iban como deberían ir y aquello mi cuerpo lo notaba, algo estaba sucediendo en él.

Pasaron unos días hasta la próxima consulta. El doctor con esa rigurosidad y paciencia de la que parecen estar hecho todos, frunció el entrecejo y dijo:

-En esta radiografía, señorita, no veo nada
-Entonces, eso es bueno, ¿no, doctor?

El silencio arañaba las paredes de la consulta a la vez que mi estómago.

-Me temo que no
-Pero, pero… ¿cómo que no?, si no ve nada, es que no tengo nada
-Exacto, y ese es el problema
-¿Perdón?

No se explicarlo con los tecnicismos de la profesión, pero al parecer tenía una especie de “ausencia cardiaca” que no “paro cardiaco”. Ausencia… aquella palabra resonaba como un eco dentro de mí. La ausencia cardiaca se define como una especie de “vacaciones” que toma el corazón sutilmente, sin aviso al cuerpo que lo alberga, sin hacerse evidente. La diferencia con respecto al paro, es que éste supone unas vacaciones con previo aviso. Lo mío era la “ausencia”, como una melodía que se silencia suavemente hasta producir el silencio de uno mismo, hasta desaparecer poco a poco, creyendo que es una mala racha disfrazada de normalidad y normalidad disfrazada de nada.

Después de aquella noticia, decidí borrar aquel día de mi vida, salvo aquella palabra que designaba mi malestar. En su lugar escribí con ilusión “presencia” e hice presente cada momento que pese a ocurrir en aquel momento, antes solía enviarlo al pasado inconscientemente o simplemente no lo enviaba, pues ni siquiera pasaba por mí. Desde entonces, me guardaba cada día, cada café, cada conversación, cada abrazo, cada mirada...


Aparecí de nuevo en la consulta del médico con mi última y actual radiografía…
El doctor volvió a fruncir el entrecejo como la primera vez.

-Maldita sea, como la primera vez – suspiré

Y no me equivocaba. Era la primera vez que en el corazón de una radiografía torácica… aparecía: la mirada que tras matarme me resucitó, el abrazo que me rodeó por dentro, la palabra que me hirió y curó, el mejor café que no llegué a acabarme y el día que nunca terminó.


Ahora... estaba lleno.
Y todo menos nada, sucedía en él.


LO DICE TODO

Nosotros callamos y hablamos, pero para quedarnos exentos de culpa, hacemos responsable de esos dos actos al tiempo. Queremos y creemos en que el tiempo tenga ojos para mirar en nuestro interior, para observarnos a nosotros mismos, para ser capaces de liberar esas preguntas que nos encadenan a las respuestas que… de no abrir la boca, nunca tendremos. Y si no hablamos, empleamos “destino” para quedar exentos de nuestros silencios.

- ¡El tiempo lo dice todo!
- pero el tiempo… ¡es mudo!

TRENES PERDIDOS



¿A dónde van a parar los trenes que perdemos? o... ¿ de dónde vienen esos trenes? Estas dos preguntas eran el punto de partida de una imagen en mi cabeza que apareció de forma intermitente. Se trataba de una especie de gran estación de trenes perdidos que pasaban cruzándose unos con otros continuamente... Entonces me pregunté, si aquellos que cualquier persona pierde alguna vez, van hacia algún lugar o simplemente siguen pasando y pasando infinitamente. Así que lo vi desde otra perspectiva, los trenes que nos llegan son trenes perdidos de otra u otras personas. Salen y llegan continuamente de la gran estación hasta que alguién, lo suficientemente valiente o demasiado curtido en perderlos, decide que debe formar parte de su desconocido trayecto.

SIETE VIDAS



Creyó ser uno de esos gatos, poseedor de la destreza, velocidad, sutileza y exposición al peligro que los caracteriza. Todos somos un poco gatos, gatos tontos que se creen tener la virtud más admirada de ellos: las siete vidas. Cuando descubrimos que tenemos una, nos erizamos maullando fuertemente, sacando las uñas intentando estirar nuestra única vida como un chicle masticado. Los felinos son sumamente listos, es verdad que la curiosidad les mata pero… tienen un límite de siete veces para jugarse la vida.


El ser humano es tremendamente curioso, y como el más “listo” de los felinos, camina en silencio hacia aquello que le llama la atención, hacia esos muros que muchas casas bajas tienen con cristales inteligentemente situados. Adelanta una patita, la coloca en medio, entre un cristal y el otro. De forma seguida la siguiente, y así va avanzando. Si su deseo es llegar al final para descubrir lo que hay más allá… ¡Zas!, ¡¡miiiiiiiiiaaauuuuu!!, saltamos hacia el suelo, evitando que la anciana dueña de la casa, nos de un escobazo gritando aquello de “¡Zape!, ¡zape!” y corremos, como si nunca hubiésemos querido acercarnos. Corremos cojeando, cargando con nuestra herida que ahora, sangra con su cristal clavado. Entonces, como gatos, entendemos que debemos conformarnos con lo que vemos, y no preguntarnos qué hay más allá de lo visible. Pero… como humanos que se creen felinos, olvidamos que si hay cosas que no sabemos, es porque debe ser así, y no hay que intentar descubrirlas.


Probablemente volvamos a aquel muro, nos lastimemos las cuatro patas, y cuando caigamos al suelo de un salto magistral, recordaremos que solo tenemos dos, ambas con sus pequeñas o grandes heridas, pero en definitiva, heridas. Nos lameremos las “patitas” y miraremos atrás…Ariadna, no sabía lo que harían los demás gatos pero ella miraba hacia adelante, se lamía y como si no hubiese pasado nada, seguiría paseando por las calles, respetando el límite de los muros existentes, respetando la falta de visibilidad de aquello que despierta nuestra curiosidad. “¡Qué inteligente gatita!”, “¡qué afortunada minina!, tan sólo hay que mirar sus suaves patitas, libres de rasguños”, decían con desdén los chismosos gatos del barrio que acallaban ante su penetrante mirada como si el mensaje oculto, les hubiese llegado… Ariadna nada proclamaba, no tenía necesidad. “Qué gatos tan idiotas, cómo van a entender mi actitud, si ni siquiera se imaginan que ésta…era mi última vida”.

viernes, 2 de abril de 2010

A LA LUZ DE LA LUNA

Como un lobo, aullando a lo inalcanzable. Aullar quizás sea sinónimo de llanto, o tal vez como un modo de recriminar aquello que atormenta nuestras noches. Un lobo absurdo que da todo por su Luna, como si algún día ésta pudiese bajar y acariciarle el lomo. Pero no, la luna siempre bailará con el Sol, y el lobo se empeña en creer que alguna noche ella bailará con él. Sin embargo no cesa… se cansa y sigue ahí, para dar su mejor aullido cada noche, llamándola entre rabia y llanto. Una vez se acercó una joven oculta tras una roja capucha:

- Yo puedo hacerte compañía, los lobos nunca me han dado miedo y al igual que tú necesito ver algo en la noche, algo que admirar, por lo que desvivirme.

-Gracias joven, advierto que en ti hay más deseo de dar todo aquello que ella jamás me ha brindado.

-Puedo imaginar cómo te sientes, seguro que absurdo, si fuese tú no aullaría más…


Pero el lobo no la veía a pesar de tenerla delante, había sido la criatura más tierna con la que se había encontrado. Sin embargo, seguía ensimismado con los ojos hacia aquella luna inalcanzable.

-Sabes… yo también me siento lobo, y en consecuencia, absurda, cada noche escucho tus lamentos, y sin darte cuenta, me dueles, me golpeas en cada aullido, pero estás tan absorto lobito… tan absorto con esa luna, que ni te das cuenta de que me desgarras por dentro. Yo en cambio, intentaré olvidarme de tus grandes ojos, y caminaré por el bosque, no me importa hacerlo sola… tal vez tope con alguién que me contemple cada noche, como tú haces con ella. Tan sólo te pido una cosa… que tu aullido sea más débil, porque me matas con tu llanto que en definitiva es el mío. El llanto… a lo inalcanzable.


Qué cansancio de cuentos... tan sólo queríamos...
escuchar otro distinto.

EL ÚLTIMO TANGO

Este relato es una metáfora de la rendición a los problemas, la protagonista baila con sus problemas, tomando al final una decisión.



Algunos días pasaban como un baile, más bien como un tango, con sus subidas y bajadas, a veces pasional, otras más relajada. En ocasiones los problemas se mostraban ante su rostro, recibiendo su respiración, rozando sus mejillas, su nariz, casi su boca. Ponía la pierna por encima, intentando ejercer algún punto de control, pero… ésta terminaba por deslizarse poco a poco, como si su cuerpo se apagase…

Había momentos en los que le superaba, aquella música se metía en su cabeza, la condenaba poniéndole un velo a su conciencia y a su razón, haciendo de aquel baile una vivencia tan peligrosa como pasional. Las notas recorrían sus venas, la convertían en quien no era, alguien que nunca conoció y que ignoró por completo. Todo se desbordaba, ¡todo!, su respiración tremendamente agitada, se estaba dejando caer en aquel lugar donde las circunstancias no encontraban solución, y aunque probablemente moriría… albergaba una pequeña luz, una esperanza de encontrar una mano entre aquella oscuridad y aquel baile de tango desesperado que la salvase... Su garganta se apretaba, se rendía sin quererlo a los problemas, su boca se abría, pidiendo una gota de aire. La asfixia era casi completa. Se rasgaba el vestido creyendo que así cesarían las presiones, dejando que algo bueno del mundo que quedaba fuera entrase por cada una de las rasgaduras, como si aquel viento la hiciera revivir.

La música cesó… las lágrimas fluyeron, una mano apareció para salvarla… la mano que tanto anhelaba y odiaba, la única oportunidad de acabar con aquel tango de una forma feliz. Una nota quedaba por sonar y decidir su final, y en mitad de la nota… un gemido de dolor explotó de su boca apartando la mano que podía salvarla… Fue así como cesaron los problemas que bailaron con ella el más largo de los tangos, fue así como logró sobrevivir a ellos, cerrando sus ojos para siempre… quedando tumbada en aquel suelo, ahora el único que notaba el poco calor de aquel cuerpo, con su negro vestido rasgado, y su brazo extendido con el puño, negando la ayuda que le ofreció la mano…

que la mató hace tiempo.