sábado, 3 de abril de 2010

FOTOGRAFÍA CARDÍACA

Aquel día por la mañana ya estaba lista para hacerme la radiografía. Nunca, hasta entonces, me habían mandado una radiografía torácica, lo que englobaba tórax, pulmones, grandes arterias, costillas, diafragma y corazón. Sobretodo corazón. No estaba asustada, la verdad. Siempre he gozado de buena salud, pero mentiría si dijese que estaba tranquila. Qué curioso, siempre he tenido claro qué pasaba en mi interior, diría que desde que nací, mi corazón ha sido mi más fiel radiografía. Sin embargo, hacía un tiempo que las cosas no iban como deberían ir y aquello mi cuerpo lo notaba, algo estaba sucediendo en él.

Pasaron unos días hasta la próxima consulta. El doctor con esa rigurosidad y paciencia de la que parecen estar hecho todos, frunció el entrecejo y dijo:

-En esta radiografía, señorita, no veo nada
-Entonces, eso es bueno, ¿no, doctor?

El silencio arañaba las paredes de la consulta a la vez que mi estómago.

-Me temo que no
-Pero, pero… ¿cómo que no?, si no ve nada, es que no tengo nada
-Exacto, y ese es el problema
-¿Perdón?

No se explicarlo con los tecnicismos de la profesión, pero al parecer tenía una especie de “ausencia cardiaca” que no “paro cardiaco”. Ausencia… aquella palabra resonaba como un eco dentro de mí. La ausencia cardiaca se define como una especie de “vacaciones” que toma el corazón sutilmente, sin aviso al cuerpo que lo alberga, sin hacerse evidente. La diferencia con respecto al paro, es que éste supone unas vacaciones con previo aviso. Lo mío era la “ausencia”, como una melodía que se silencia suavemente hasta producir el silencio de uno mismo, hasta desaparecer poco a poco, creyendo que es una mala racha disfrazada de normalidad y normalidad disfrazada de nada.

Después de aquella noticia, decidí borrar aquel día de mi vida, salvo aquella palabra que designaba mi malestar. En su lugar escribí con ilusión “presencia” e hice presente cada momento que pese a ocurrir en aquel momento, antes solía enviarlo al pasado inconscientemente o simplemente no lo enviaba, pues ni siquiera pasaba por mí. Desde entonces, me guardaba cada día, cada café, cada conversación, cada abrazo, cada mirada...


Aparecí de nuevo en la consulta del médico con mi última y actual radiografía…
El doctor volvió a fruncir el entrecejo como la primera vez.

-Maldita sea, como la primera vez – suspiré

Y no me equivocaba. Era la primera vez que en el corazón de una radiografía torácica… aparecía: la mirada que tras matarme me resucitó, el abrazo que me rodeó por dentro, la palabra que me hirió y curó, el mejor café que no llegué a acabarme y el día que nunca terminó.


Ahora... estaba lleno.
Y todo menos nada, sucedía en él.


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