jueves, 29 de julio de 2010

EL ESCURRIDIZO

Cómo te entiendo. Y qué poco me gusta entenderte, pues no se el motivo por el que sólo lo hago en lo difícil, lo casi incomprensible. Sí, se lo odioso que se hace cualquier camino cuando uno está así, se que todo se mezcla en las mismas proporciones y eso es algo que no puedes soportar, porque ante medidas iguales, el resultado parece ser la inmovilidad, lo neutro. Como dos fuerzas de la misma intensidad en sentidos opuestos.

Te escurres, como cualquier pez entre las manos. Te has vuelto tremendamente hábil. Ahora nadas por las aguas sin temor a hacerlo a contracorriente o a que tengas que esquivar muchos de los peces que danzan con sus aletas por ahí. Y aunque atrás quedó el brillo de tus escamas en esos días soleados, en los que los rayos atravesaban la superficie del mar… sabes que hacerse escurridizo nunca fue una buena opción, porque aunque ningunas manos llegasen a permanecer más de dos segundos en ti, era suficiente para quemarte la piel.

Sin embargo no dejé de creer en ti, pues de niña y cuando apenas tú sabías nadar, danzabas a mi alrededor mientras probaba con mis pies hasta dónde éstos llegaban. Incluso los días de oleaje, aparecías de repente dando un saltito para hacerme ver que estabas cerca. Eran tiempos mejores, en los que no huías de ti mismo y te dejabas querer hasta cuando las cosas no te iban del todo bien por el océano.

Recuerdo aquellos días porque se que te echas tanto de menos como yo a ti. Sabes que nunca pensé en hacerte la mejor pecera del mundo porque sólo puedes ser tú en la inmensidad de la libertad. Por mucho que ésta asuste, y también por mucho que nos perdamos en ella. Pero se que estás. Aunque te busques. Tal vez estés en el límite en el que el rayo de sol se desvanece en la distancia. Aún así, es suficiente para que intuyas mi reflejo o quizás alguna de las ondas de esa lágrima que se me ha escapado por echarte de menos. Tan sólo quiero decirte:
No pares de nadar, nada a tu ritmo, y lo que necesites para ser de nuevo ese gran corazón nadador… llegará y verás cómo no era imposible volver a danzar donde siempre fuiste tú, dónde siempre exististe… en la inmensidad del mar.




Hay quién es ese pez,
también quién es esa niña,
y quien es ambos a la vez.



LJB

viernes, 23 de julio de 2010

CONTADORES DE CUENTOS

Estos versos intentan ser una crítica a aquellos personajillos con los que todos nos hemos topado alguna vez, y que simplemente inventan historias de los demás ¿Solución? reírse que es lo más sano y dicen que rejuvenece xD


Hay bocas que marchitan,
junto a mentiras que gritan,
abrazos de espaldas…
al corazón.
Hay gente bendita,
gente maldita,
muchas mosquitas
y moscardón.

Hay disfraces grandiosos,
caretas que ocultan la intención,
pinceles que pintan engaños hermosos,
primer premio al mejor impostor.

Hay revuelto de necias palabras,
con un poquito de col.
¡Filetes con odio empanado!
al gusto del señor.

Hay armas en venta,
idiotas ansiosos por probar,
mala leche en oferta,
dos por uno, ¿quién da más?

Falsos que ganan concursos,
sinceros que vuelven a perder,
la verdad está en desuso,
como la buena fe.

Pero permítanme un consejo,
la risa siempre supo vencer,
y hasta lo más complejo,
lo sabe reblandecer.

Contadores de cuentos, ¡descansen!
que mañana han de inventar…
la gran historia de sus vidas
¡la gran mentira de su verdad!

Contadores de cuentos, ¡descansen!
que mañana han de escuchar,
la gran historia que de vosotros…
ahora cuentan los demás.


LJB

REVESTIDO DE SAL

El mar. Tu enemigo o tu aliado,
la libertad, la soledad
y mientras más libres seamos,
más difícil navegar.
La noche al caer está,
y el marinero vivo en punto muerto
pensando a qué puerto llegar.
Tal vez las olas lo lleven lejos,
tras haber sentido su sal,
y saber que un refugio es a veces el tiempo
en el que se puede olvidar.
Marinero que roca se siente,
ojos que lloran soñando nadar,
no mires más tiempo que no sea presente,
no te alejes del puerto que te abrazará.
Mueve tus brazos, confía en la suerte,
no mueras de frío por parar,
tienes el mar de tus ojos en frente
y un corazón fuerte,
revestido de sal.


LJB

jueves, 22 de julio de 2010

A TREINTA CENTÍMETROS DE TI

Treinta centímetros. La distancia eterna y más breve cuando nos conocimos. El espacio que nos separaba por la timidez y escasez de confianza era el mismo que dibujaba una fuerte línea de tu pecho al mío. El vacío de aquella distancia nunca había estado tan lleno… y nunca lo estaría.

Cualquiera que nos vea ahora, pensará que no nos hemos movido ni un ápice de aquella tarde. Sin embargo como el oyente que acaba de sintonizar la emisora, no sabe de qué se habla, y en su mente mantendrá su último recuerdo con la continuidad quebrada. Esos treinta centímetros no han cambiado nada pero lo han cambiado todo, llenándose de ceros a la derecha.

Hoy, seguimos manteniendo el mismo espacio, pero nosotros ya… no ocupamos el mismo lugar. La distancia más corta que sucedió sin darnos cuenta, es el punto final a un punto y seguido que no supo cómo seguir, haciéndose suspensivo.

Tu mirada frente a la mía permanece congelada, como el tiempo, como esos sentenciadores segundos. Esta vez, mis ojos te reconocen, y pese a los años… lo único que no nos separa de aquel principio es la timidez.

El dichoso nudo en la garganta es una manguera enredada, que nada tiene que hacer ante la presión del agua. La presión que busca las ventanas de mis ojos mientras un coche de bomberos se afana en extinguir las llamas que no arden.

Tal vez no compartas ni entiendas nada. Pero permíteme que golpee la puerta de esa habitación en la que comienza tu mundo, donde puedes volar entre todo, que es entre nadie; donde no te tienes que preocupar por esos centímetros que dibujan la línea discontinua que te une y separa en igualdad de aquellos que alguna vez, quiero creer, te importaron. Esa línea es tu ancla (al igual que aquel día), mientras permaneces inmóvil o inconsciente quizás, ante lo que algunos te brindamos por quererte.

Vuelvo al principio para jugar a desconocerte. Recorro todo lo andado este tiempo, me sitúo a tu lado para despedirme en el momento en que te conocí. Con el mismo espacio, con la misma frase, te sonrío por última vez: “Encantada de conocerte” –pronuncio mientras desaparezco… a treinta centímetros de ti.

miércoles, 14 de julio de 2010

SOBREVOLANDO EL ABISMO

"Dejar que suceda para cambiar lo sucedido". O simplemente esperar a que suceda y ya veremos lo que hacemos después. Pero ¿qué pasa con aquellas cosas que se quedan al borde de lo sucedido?, que no llegan nunca a pasar ni a traspasar la frontera. Aquello que no puede ser transformado porque ni siquiera “ha sido” y en el hueco del abismo que lo separa de la materialización, se despeña sin ser nada siéndolo todo. Es un ancla que nos arrastra y que en otros casos se oxida. Un ancla con peso de pluma, que se eleva y mezcla con el aire, dibujando círculos que nunca vemos pintados.

Es el encanto de la ilusión, el combustible intangible que hace que caminemos. Pese a agotarse numerosas veces, pese a luchar contra ello. Nos mantiene tanto en pie que si algún día los planetas se alinean y lo que no ha sido, simplemente “es”, sentiremos nuestros dedos aferrarse al trozo de tierra del abismo que tan peligroso se mostraba pero al que tan acostumbrados estábamos a sentarnos en él y balancear nuestros pies.

Todo lo escrito es fruto de ese barranco, por el que se arrojaban las anclas que después, ligeras, sobrevolaban siempre mi cabeza. Mientras tanto, las palabras que escribía saltaban salvando los metros que me separaban del suelo. Haciéndome ver que el otro lado existía, que los sentidos no me engañaban, aunque no hubiese podido llegar.

Puede que un día, de tantas cosas arrojadas, surja una montaña que en mitad del vacío nos haga alcanzar lo sucedido. Y entonces, puede que entienda que para conseguir lo que deseamos con tanto corazón, era necesario esperar y creerlo todo perdido.


LJB