sábado, 28 de agosto de 2010

LA VIÑETA

Nada podía ser tan real como aquello. De pronto sus pies perdidos encontraban camino llevándole hacia algún lugar. Cerró los ojos y pensó en lo distinto que sería si pudiésemos hacer de las cosas que no nos gustan una viñeta… un trazo convertido en otra realidad. Así fue como intentó con la mano sobre su pecho sentir sus latidos, sorprendiéndose de su escasa masa corporal. Sí, tan poca, que pudo atravesarse y coger en ese instante el corazón; lo atrapó y lo observó durante un tiempo… era diferente, con esa forma tan peculiar que posee cuando lo dibujamos y tan alejada de la imagen que el verdadero tiene. Lo cierto es que estaba algo desformado.

Con su corazón hecho un guiñapo en el puño, lo lanzó bien lejos y al lado de su cabeza, justo a la derecha, apareció un bocadillo en el que se leía: “Desformado, como unos zapatos viejos que algún día hay que cambiar”, pero quien le estuviese leyendo nunca podría sentir lo que él, que atrapado en aquellas páginas se esforzaba por gritar.

Siguió caminando hasta llegar a la calle que tantos paseos le había visto dar. Una simple calle, como todas las demás, pero ésta era diferente, era la suya, porque las cosas, los lugares… no son nada por sí solos, los hacemos algo nosotros. Con los zapatos viejos que tantas veces la habían pisado, se sentó en su suelo, al final de ella. La sensación era tan agradable que sin darse cuenta se quedó dormido... entrando en el mundo de las verdades, ese que muchas veces nos hace reacios a la cama.

Se sentía tan grande en aquel mundo, que en las páginas siguientes quiso mostrárselo a la que le daba vida leyendo. Le contó que sentía el abrazo fuerte de alguien, uno de esos que casi te asfixian, de los que te dan ganas de tirarte horas y horas fundido en ese abrazo pero que en un instante dejas de apretar por vergüenza a que descubran ese pensamiento. Sin embargo aquel abrazo no sólo no finalizaba, era sentido, auténtico y de quien te prohíbe bajar al mundo real, con quien no te importaría pasar largas horas en un eterno abrazo… después una acaricia… y después…
¿Empezaba a llover?, había caído una gota sobre su nariz. Miró hacia arriba pero no existía el cielo, era el rostro de quien le leía, y la acaricia había sido una mano repasando su trazo en aquella página… Probablemente era alguien motivado que encontró en el personaje algo en común, pero no… aquellos ojos le sonaban… aquellos ojos le echaban de menos… y aquellos ojos eran su razón para dejar de ser un dibujo, recoger su corazón, volver al mundo de la realidad…
y ponérselo entre sus manos.

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