Navidad. Esa época que tanto difiere entre niños y adultos. Un mismo mes visto desde unos ojos adultos que una vez vieron… sintieron como un niño. Y eso es lo que nos importa. En cambio, ese niño presenciará la navidad como un adulto, cuando el tiempo decida que debe hacerlo. Pero eso, no es lo que le importa. La lógica del pequeño es mayor que la de los mayores. Lo que no existe porque aún no se ha dado, se ignora.
Diciembre está lleno de luces de colores que saludan, de juguetes que aún sin tenerlos ya generan el cosquilleo de la ilusión, de la magia. Diciembre son abuelos, primos, tíos, padres, amigos. Para ellos es el mes que confirma lo que llevan creyendo siempre: que lo fantástico existe.
Para nosotros, la cosa cambia un poco. Es la fecha del calendario que nos da otra oportunidad para seguir creyendo en el dibujo de los sueños que antes pintábamos, y que ahora es un trazo. El mismo trazo que año tras año repasamos con la esperanza de que un día cambie y adquiera los colores que de pequeños, le hubiésemos dado con nuestra caja de lápices.
A veces diciembre se enfría, y aprieta el viento de la nostalgia, nos dibuja en calles vacías donde respiramos la alegría de los demás. Nos alimentamos de la compañía de los otros, de sus sonrisas, de sus corazones llenos que se permiten volar aún más en los días últimos que zanjaran otro año.
Con esos pensamientos, el joven se acercó a un escaparate en el que asomaba una bola de cristal de esas que se agitan dejando caer la nieve. El reflejo de casi toda la calle se podía ver en aquel objeto de la infancia. Deseó estar allí dentro y formar parte de lo que había fuera, pero donde pese a estar allí mismo, no podía sentirse dentro.
Así fue como año tras año tuvo la navidad que deseaba. Viendo las caras de otros adultos que como él, se acercaban a aquella bola. Una joven alegre y aparentemente normal, se podía ver al otro lado del cristal. Era la primera vez que el muchacho deseaba más que nunca estar donde, pese a no encontrar su lugar, era su sitio. Golpeó con fuerza para romper el objeto.
Se despertó sobresaltado en el banco de la plaza. Vio el escaparate y se acercó. Allí estaba ella, la joven del sueño, admirando como él aquel juego de nieve atrapado en el cristal, con la nostalgia infantil propia de los adultos que desean lo que nadie puede traerles. Entonces, la bola se convirtió… no en el objeto deseado, sino en el cristal que en lugar de separarlos, aquel mes de diciembre, les había unido por el resto de las navidades.
Dejastes de publicar???
ResponderEliminartoda una pena...