lunes, 28 de febrero de 2011

VOZ

Todo estaba en absoluto silencio o al menos parecía estarlo. Mi boca sellada cosía mi voz por dentro, mis palabras. Tiraban de ellas que se afanaban por salir, pero cuanto más creía cosidos los hilos que las secuestraban… sucedió. Salió mi voz. Abrí la boca y la dejé escapar. El caos que llevaba dentro se estabilizó en el instante en que me escuché. Entonces lo entendí, por muy atacada que estuviese, por mucho que desconfiase de mi capacidad para emitir, la paz volvió y pude sentir que mi voz, la voz, la de todos, es el arma más poderosa de la que disponemos.

Por sí sola, sin las palabras. Ese simple sonido va desde la vida hasta la misma muerte. Una silenciosa habitación en la que irrumpe el débil sonido de quien creíamos perdidos, ahora significa la vida, la esperanza; O tal vez la misma habitación y la idéntica voz débil de quien creemos abatido, nos confirme nuestros peores temores. De esta forma, como si de un guante tirado se tratase, las palabras esperan a que la fría mano las busque para darles cuerpo. Y la voz va cubriendo cada uno de los huecos vacíos de los dedos de aquel guante, antes insignificante.

Somos la palabra. Quienes la disparamos, quienes matamos con ella o damos la vida al reconocer el sonido de aquellas otras palabras que nos resucitan… cuando nos creemos muertos.

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