miércoles, 16 de marzo de 2011

LIBERTAD

Libertad era todavía pequeña, pero como todos, con cierta edad soñamos con hacernos mayores, y en un intento por vernos, nos imaginamos gozando de los privilegios de la edad que anhelamos. Pero eso sí, siempre, siendo nosotros mismos.
Ella no quería cambiarse por nadie en el mundo, ni siquiera por sí misma pasados unos años. Lo que desconocía, es que por mucho que desease ser igual, nada lo sería: su situación, su rostro, su mente, sus sueños…

Todo crece y cambia con nosotros. Libertad ya era adulta, sin embargo, empeñada en ser más y más grande, sus esfuerzos por liberarse de cualquier atadura no cesaban. La verdad es que siempre necesitó a quienes le rodeaban. Necesitaba sentirles, no sólo conocer su paradero y ser consciente de su confianza y de su ayuda en momentos puntuales. Hasta que logró comprender que los demás eran también ella. Pequeñas libertades que aunque de vez en cuando dependiesen del resto, seguían siendo independientes.

Comprendido esto, el tiempo, libre desde su invención, siguió pasando ajeno a quienes caminan por su línea. Una línea que a veces más delgada, dificulta nuestro paso, avanzando por ella de puntillas, sin a penas darnos cuenta de las cosas. Otras, mucho más ancha, nos permite apoyar bien los pies, dejando profundas huellas, recuerdos, vivencias que asumimos despacio.

Libertad conocía bien el tiempo en el que se movía. Un tiempo que cada vez más, disfrutaba con ella misma empeñada en hacerse más y más grande, en ser… más y más libre. Ella misma, su propia atadura, su nudo definitivo. Todo ocurría muy de vez en cuando. Los acontecimientos se iban dispersando en el calendario junto con su libertad.

Y un día, Libertad despertó, se miró al espejo y se vio como siempre anheló verse: GRANDE, inmensa. Ni siquiera podía verse en sus muñecas antiguas ataduras. Por fin, ya era totalmente ¡LIBRE!. Nada ni nadie la ataban. Libertad era tan libre y tan grande… como su soledad.

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