Los recuerdos no se pueden robar. Pero sí, hacerlos propios. Le inmortalicé en aquel instante. Le hice una foto a escondidas, sin cámara. Mientras hablábamos, reíamos y le miraba a los ojos. De haber visto la intención de fotografiarle, tal vez no se hubiese dejado. De lo contrario quizás se hubiese oprimido la naturalidad de aquella imagen.
Así que ahí quedó en el momento escogido… congelada su sonrisa. Su olvido es mi recuerdo, pues no existe el vacío de algo que no supimos que cedimos. No existe si los instantes se quedan lejos de los juegos que proponen encontrar las siete diferencias. En cambio… yo podría encontrar las ocho.
Podemos decir que mi memoria está llena de fotos silenciosas, de posados “robados” que nunca fueron posados. Y así escribí mi historia, mis paseos, mis momentos. Así fui dándole forma a palabras sin consonantes ni vocales. Palabras en las que no caben significados por todo lo que significan.
A veces la vida es esa otra que insertamos dentro de la misma y que queda fuera de ella.
Y mientras permanezco en esa dimensión, camino por ti. Admiro el paisaje, lo respiro, lo vivo. Me agacho para coger algo que me parece agradable, y como una flor, la huelo y la giro entre mis dedos. Me da igual si tú corres por mí. Yo sólo se pasear, olvido la velocidad, y los relojes... el tiempo.
Creo que sí, soy esa conformista que se siente afortunada por conformarse con vacíos. Pero sin ellos, no hubiese inventado esta forma de conservarte. Tal vez, no hubiese descubierto que las mejores fotografías son las que no se hacen. Las que permiten los retoques del alma. Las que permiten finalizar historias… que nunca comenzaron.
Yo tengo algunas de las imágenes más bonitas y que más aprecio, en mi cabeza. Son más intensas que aquellas que tengo en papel.
ResponderEliminarQue razón tienes Lore...
Las mejores son las que no se hacen, las que quedan en el recuerdo y cuidamos con mucho cariño para no olvidarlas.
Besos!