Se abría paso entre la gente, con la cabeza alta, con el corazón frío. Estaba tan acostumbrado a dar pasos en falso que aquello le fortalecía, y si el suelo no se resquebrajaba a su paso entonces asomaba la duda del débil que se endurece. Que temple, que fuerza, nada podía traspasarle. Tal vez sí las espadas pero no las palabras. No aquellas que te disparan de lleno impidiéndote dar respuesta alguna. Porque hay palabras que a pesar de apuntar a la misma zona, te reviven o te causan una herida fatal.
¡Ay las palabras!, las heridas… las heridas fatales y su recorrido. Las hay fatales desde el primer momento y fatales finales; son las que se infectan y se tornan incurables. En ambas hay sufrimiento, pero en las segundas éste adquiere otras formas y se prolonga afectando a nuestra actitud, a nuestras ilusiones y a lo que somos: esperanza.
Así el guerrero se va armando de pies a cabeza. Lo que él no sabe es que a cada armadura externa le corresponde una interna y más difícil de quitar. El guerrero que de los demás se defiende se convierte en guerrero de sí mismo, en víctima de las palabras que sólo nos permitimos sentir aquella vez. Estuvimos tan cerca de lo que quisimos que volver a acercarse supondría el suicidio. Y por ello nos mandamos a la “nada” de una patada, flotando entre el deseo, entre el calor que no tuvimos y que ahora sólo nos permitimos intuir.
Es la forma más estúpida de creerse a salvo condenándose. Pero es una creencia en vano que nos calma por el hecho de no llevar nuestro nombre susurrado ni una mano hacia nuestro pecho. No es ninguna persona y nosotros no somos nada en ella. Estamos perdidos… pero no lo estamos en alguien, sino en nosotros mismos, y eso, aunque pueda parecer ridículo, nos da seguridad.
Él era un caballero de la armadura que como yo se abría paso. No porque nos temiesen, sino porque los demás eran caballeros de armadura repletos de heridas fatales, impenetrables pero igualmente vulnerables que creyéndose a salvo… se abrían a su vez, paso entre nosotros.
sábado, 30 de octubre de 2010
sábado, 23 de octubre de 2010
ILUSIÓN ¿LA TEMES O YA HAY TEMOR EN ELLA?
Como si corriesen de un lado a otro, centenares de hormigas jugaban en su estómago. Hormigas, mariposas… Éstas últimas eran más para los enamorados. Él prefería hacer alusión a esas incansables trabajadoras cuando se trataba de la sensación de “hormigueo”.
Seguro que como él, has sentido esas cosquillas tan diferentes de las que provocan carcajadas. Tantas veces experimentando la ilusión y nunca se había dado cuenta de que uno de sus componentes, aunque en poca proporción, es el miedo.
No asociamos jamás ilusión con miedo porque ésta es una emoción positiva que se relaciona directamente con el sentimiento de alegría y bienestar. Pero piénsalo. Cierra los ojos y dime, ¿de dónde viene el hormigueo que provoca esa adrenalina? En la ilusión hay lugar para la incertidumbre, no es una meta. Es el camino hacia ella. En ella no permanecemos quietos para disfrutar. Nos movemos disfrutando y disfrutamos porque caminamos soñando, porque sabemos que tenemos la posibilidad de alcanzar lo que anhelamos.
Mientras más aumenta esta emoción, más aumenta la adrenalina que generamos ante el desafío del sueño. Y cuando la luz se hace intensa y la meta está a la vista, la sensación es la de asomarse por un barranco y ver claramente tanto la posibilidad de conseguir lo que quieres como la de tener que seguir soñándolo. Ahí está ¡Ahí lo tienes! el temor que se diluye en la ilusión. Esas hormigas de nuestro estómago corren deprisa de un lado a otro. Es su forma de decir “Eh chaval, ten cuidado de confiarte, estás a nada de llegar pero todo es posible mientras no hayas llegado”.
Así que existe el temor en el ilusionado, y en el temor cabe la duda. Y por el temor, la duda y las ganas, existe el desafío que da lugar a la ilusión. La fórmula para que ésta sea esa emoción y no otra, reside en las proporciones de los elementos que la componen. Por eso se sorprendió, porque nunca antes había caído en la cuenta de que la ilusión es el temor en poca proporción con las enormes ganas de alcanzar al fin lo soñado... de un ilusionado.
Seguro que como él, has sentido esas cosquillas tan diferentes de las que provocan carcajadas. Tantas veces experimentando la ilusión y nunca se había dado cuenta de que uno de sus componentes, aunque en poca proporción, es el miedo.
No asociamos jamás ilusión con miedo porque ésta es una emoción positiva que se relaciona directamente con el sentimiento de alegría y bienestar. Pero piénsalo. Cierra los ojos y dime, ¿de dónde viene el hormigueo que provoca esa adrenalina? En la ilusión hay lugar para la incertidumbre, no es una meta. Es el camino hacia ella. En ella no permanecemos quietos para disfrutar. Nos movemos disfrutando y disfrutamos porque caminamos soñando, porque sabemos que tenemos la posibilidad de alcanzar lo que anhelamos.
Mientras más aumenta esta emoción, más aumenta la adrenalina que generamos ante el desafío del sueño. Y cuando la luz se hace intensa y la meta está a la vista, la sensación es la de asomarse por un barranco y ver claramente tanto la posibilidad de conseguir lo que quieres como la de tener que seguir soñándolo. Ahí está ¡Ahí lo tienes! el temor que se diluye en la ilusión. Esas hormigas de nuestro estómago corren deprisa de un lado a otro. Es su forma de decir “Eh chaval, ten cuidado de confiarte, estás a nada de llegar pero todo es posible mientras no hayas llegado”.
Así que existe el temor en el ilusionado, y en el temor cabe la duda. Y por el temor, la duda y las ganas, existe el desafío que da lugar a la ilusión. La fórmula para que ésta sea esa emoción y no otra, reside en las proporciones de los elementos que la componen. Por eso se sorprendió, porque nunca antes había caído en la cuenta de que la ilusión es el temor en poca proporción con las enormes ganas de alcanzar al fin lo soñado... de un ilusionado.
lunes, 13 de septiembre de 2010
GALLINITA CIEGA
Gallinita ciega ¿qué se te ha perdido? Una aguja y un delantal… pues da tres vueltas y lo encontrarás.
Se que en todas las veces que nos perdemos ninguna es igual, porque siempre nos volvemos a encontrar… en sitios diferentes.
sábado, 28 de agosto de 2010
LA VIÑETA
Nada podía ser tan real como aquello. De pronto sus pies perdidos encontraban camino llevándole hacia algún lugar. Cerró los ojos y pensó en lo distinto que sería si pudiésemos hacer de las cosas que no nos gustan una viñeta… un trazo convertido en otra realidad. Así fue como intentó con la mano sobre su pecho sentir sus latidos, sorprendiéndose de su escasa masa corporal. Sí, tan poca, que pudo atravesarse y coger en ese instante el corazón; lo atrapó y lo observó durante un tiempo… era diferente, con esa forma tan peculiar que posee cuando lo dibujamos y tan alejada de la imagen que el verdadero tiene. Lo cierto es que estaba algo desformado.
Con su corazón hecho un guiñapo en el puño, lo lanzó bien lejos y al lado de su cabeza, justo a la derecha, apareció un bocadillo en el que se leía: “Desformado, como unos zapatos viejos que algún día hay que cambiar”, pero quien le estuviese leyendo nunca podría sentir lo que él, que atrapado en aquellas páginas se esforzaba por gritar.
Siguió caminando hasta llegar a la calle que tantos paseos le había visto dar. Una simple calle, como todas las demás, pero ésta era diferente, era la suya, porque las cosas, los lugares… no son nada por sí solos, los hacemos algo nosotros. Con los zapatos viejos que tantas veces la habían pisado, se sentó en su suelo, al final de ella. La sensación era tan agradable que sin darse cuenta se quedó dormido... entrando en el mundo de las verdades, ese que muchas veces nos hace reacios a la cama.
Se sentía tan grande en aquel mundo, que en las páginas siguientes quiso mostrárselo a la que le daba vida leyendo. Le contó que sentía el abrazo fuerte de alguien, uno de esos que casi te asfixian, de los que te dan ganas de tirarte horas y horas fundido en ese abrazo pero que en un instante dejas de apretar por vergüenza a que descubran ese pensamiento. Sin embargo aquel abrazo no sólo no finalizaba, era sentido, auténtico y de quien te prohíbe bajar al mundo real, con quien no te importaría pasar largas horas en un eterno abrazo… después una acaricia… y después…
¿Empezaba a llover?, había caído una gota sobre su nariz. Miró hacia arriba pero no existía el cielo, era el rostro de quien le leía, y la acaricia había sido una mano repasando su trazo en aquella página… Probablemente era alguien motivado que encontró en el personaje algo en común, pero no… aquellos ojos le sonaban… aquellos ojos le echaban de menos… y aquellos ojos eran su razón para dejar de ser un dibujo, recoger su corazón, volver al mundo de la realidad…
Con su corazón hecho un guiñapo en el puño, lo lanzó bien lejos y al lado de su cabeza, justo a la derecha, apareció un bocadillo en el que se leía: “Desformado, como unos zapatos viejos que algún día hay que cambiar”, pero quien le estuviese leyendo nunca podría sentir lo que él, que atrapado en aquellas páginas se esforzaba por gritar.
Siguió caminando hasta llegar a la calle que tantos paseos le había visto dar. Una simple calle, como todas las demás, pero ésta era diferente, era la suya, porque las cosas, los lugares… no son nada por sí solos, los hacemos algo nosotros. Con los zapatos viejos que tantas veces la habían pisado, se sentó en su suelo, al final de ella. La sensación era tan agradable que sin darse cuenta se quedó dormido... entrando en el mundo de las verdades, ese que muchas veces nos hace reacios a la cama.
Se sentía tan grande en aquel mundo, que en las páginas siguientes quiso mostrárselo a la que le daba vida leyendo. Le contó que sentía el abrazo fuerte de alguien, uno de esos que casi te asfixian, de los que te dan ganas de tirarte horas y horas fundido en ese abrazo pero que en un instante dejas de apretar por vergüenza a que descubran ese pensamiento. Sin embargo aquel abrazo no sólo no finalizaba, era sentido, auténtico y de quien te prohíbe bajar al mundo real, con quien no te importaría pasar largas horas en un eterno abrazo… después una acaricia… y después…
¿Empezaba a llover?, había caído una gota sobre su nariz. Miró hacia arriba pero no existía el cielo, era el rostro de quien le leía, y la acaricia había sido una mano repasando su trazo en aquella página… Probablemente era alguien motivado que encontró en el personaje algo en común, pero no… aquellos ojos le sonaban… aquellos ojos le echaban de menos… y aquellos ojos eran su razón para dejar de ser un dibujo, recoger su corazón, volver al mundo de la realidad…
y ponérselo entre sus manos.
lunes, 23 de agosto de 2010
CARTA DE UN SOÑADOR
A veces se está tan cerca como lejos de lo que se anhela. Incluso, cuanto más cerca quizás más lejos. Es esa sensación de poder rozar casi las cosas sin llegar a tocarlas, de acostumbrarse a mirar sin intentar ver más allá. Como quienes lo hacemos tras una ventana, contentos por tener la oportunidad de observar, de anhelar a distancia, escondidos... no vaya a ser ¡que nuestro deseo nos mire!
Porque, ¿qué pasaría si coincidiese la mirada del sueño con la del que sueña? Probablemente el soñador cerraría los ojos como si de un acto reflejo se tratase. Es la magia propia de los deseos la que nos hipnotiza. Al principio perseguimos el final, después... el final de todo no resulta tan excitante como el principio, y antes de que se tornen en pesadillas... se vuelve al inicio. A la magia de lo intocable, que como un aroma se hace presente, se deja apreciar. Pero se escapa al resto de los sentidos... Es especial, sí, lo es por el hecho de que nunca se posa en la mano.
Así que se va desarrollando el sentido del olfato, olvidando el de la vista, anhelando el del tacto... olvidándonos uno por uno de los restantes. ¡Tanto es...! que volver a ver, conseguir tocar u otra cosa perteneciente a los otros sentidos, provocaría cierto temor. ¡Pues claro!, ya no se trataría del aroma, lo único "tangible" e intocable a la vez, y aquella ventana por la que el soñador observaba escondido, se habría abierto de par en par dejándolo completamente al descubierto ante la mirada del sueño.
La curiosa lucha de quien anhela queriendo dejar de anhelar lo que observa oculto... envenenado por la magia de soñar. Virtud hecha defecto, defecto hecho desconfianza (que no desesperanza) posiblemente, porque aún la mirada de un sueño... no se ha cruzado con la de, por el momento, un eterno soñador.
LJB
Porque, ¿qué pasaría si coincidiese la mirada del sueño con la del que sueña? Probablemente el soñador cerraría los ojos como si de un acto reflejo se tratase. Es la magia propia de los deseos la que nos hipnotiza. Al principio perseguimos el final, después... el final de todo no resulta tan excitante como el principio, y antes de que se tornen en pesadillas... se vuelve al inicio. A la magia de lo intocable, que como un aroma se hace presente, se deja apreciar. Pero se escapa al resto de los sentidos... Es especial, sí, lo es por el hecho de que nunca se posa en la mano.
Así que se va desarrollando el sentido del olfato, olvidando el de la vista, anhelando el del tacto... olvidándonos uno por uno de los restantes. ¡Tanto es...! que volver a ver, conseguir tocar u otra cosa perteneciente a los otros sentidos, provocaría cierto temor. ¡Pues claro!, ya no se trataría del aroma, lo único "tangible" e intocable a la vez, y aquella ventana por la que el soñador observaba escondido, se habría abierto de par en par dejándolo completamente al descubierto ante la mirada del sueño.
La curiosa lucha de quien anhela queriendo dejar de anhelar lo que observa oculto... envenenado por la magia de soñar. Virtud hecha defecto, defecto hecho desconfianza (que no desesperanza) posiblemente, porque aún la mirada de un sueño... no se ha cruzado con la de, por el momento, un eterno soñador.
Poderoso es aquel o aquella, una vez que un sueño le mira
LJB
domingo, 15 de agosto de 2010
APARENTEMENTE
Al contrario que los sueños. Había sido real, le había conocido, y tal vez por primera vez, podía decirse que conocer “demasiado” no era “suficiente” Era como si aquella persona fuese un barranco constante por el que se precipita uno mismo. Ella quiso asomarse, pero ante sus ojos se mostraba un paisaje cambiante, siempre en pura metamorfosis. Con el tiempo se dio cuenta, de que ninguna de las imágenes que llenaban aquel precipicio eran verdad.
La joven quiso arrojarse, como si un momento antes de caer pudiese alzar el vuelo, claro que para ello, necesitaba de la imaginación de él. Necesitaba que aquel instante idease un paisaje que descendiese unos metros sin que nadie se percatase del descenso del nivel de aquella tierra y consecuentemente de su ascenso en el aire para no estrellarse. Pero dicha operación requería confianza, y lo más importante: sinceridad. Requería un borrador de mentiras. Sin embargo, sus mentiras podían distorsionar tanto la realidad que borrarlas implicaba hacer desaparecer sus tantas historias, y en definitiva, su única historia: la de él mismo. ¿Quién quiere borrarse así mismo?, aún peor… ¿quién quiere idearse como su propia mentira y vivir siendo una apariencia?
A ella le aterroriza pensar en los motivos que llevan a la distorsión de uno mismo. Es como ser tu propio túnel, en el que quedas encerrado perdido en la oscuridad, cuyas mentiras son señales luminosas que avisan al resto, de que hagas lo que hagas no puedes llegar al otro lado del túnel, porque la única luz presente, sólo puede activarla quien decidió vivir en la oscuridad.
LJB
La joven quiso arrojarse, como si un momento antes de caer pudiese alzar el vuelo, claro que para ello, necesitaba de la imaginación de él. Necesitaba que aquel instante idease un paisaje que descendiese unos metros sin que nadie se percatase del descenso del nivel de aquella tierra y consecuentemente de su ascenso en el aire para no estrellarse. Pero dicha operación requería confianza, y lo más importante: sinceridad. Requería un borrador de mentiras. Sin embargo, sus mentiras podían distorsionar tanto la realidad que borrarlas implicaba hacer desaparecer sus tantas historias, y en definitiva, su única historia: la de él mismo. ¿Quién quiere borrarse así mismo?, aún peor… ¿quién quiere idearse como su propia mentira y vivir siendo una apariencia?
A ella le aterroriza pensar en los motivos que llevan a la distorsión de uno mismo. Es como ser tu propio túnel, en el que quedas encerrado perdido en la oscuridad, cuyas mentiras son señales luminosas que avisan al resto, de que hagas lo que hagas no puedes llegar al otro lado del túnel, porque la única luz presente, sólo puede activarla quien decidió vivir en la oscuridad.
"Ahora te recuerdo. Lo hago como si nunca hubieras sido real, no tengo ninguna imagen nítida de ti, ni del paisaje transformista en el que vivías, en el que quise pasear para comprenderlo todo. Y aunque quise vencer mi miedo a tu oscuridad, la mentira me recordó que es un laberinto de locura por donde nunca quiero caminar. Decidí quedarme parada en la última, la que califiqué de piadosa. No quise darle vueltas y pensar en las otras que posiblemente, me creí en su momento sin ningún espacio para la duda. No quise y no quiero. Porque no deseo juzgarte, porque no podría imaginarme que se pueda mentir con cosas que merecen el máximo respeto en esta vida. De este modo, aunque mi realidad te recuerde vagamente, te quiere dibujar con la mejor imagen que pude tener y creerme. Como la de la buena persona que percibí en ti, con aquellos valores que intuí y cuyos trazos, prefiero dejar incompletos para no hacerme una opinión, para no juzgar cuando se sentencia".
"Serás tu boceto en mi mente, el que fuiste y eres… aparentemente".
LJB
lunes, 9 de agosto de 2010
BOOMERANG
Cuando lanzas un boomerang por primera vez, uno debe aprender a que en el primer contacto lo más normal es que éste no vuelva. Por eso corrí por la arena hasta cogerlo y lanzarlo de nuevo. No se cuántas veces lo lancé, pero las cifras de aquel día no valían porque todas formaban parte de la primera vez.
Con frecuencia, hacemos esta clase de lanzamientos, especialmente cuando terminamos etapas y creemos una verdad que queremos que mienta: “aquella rutina que añoro ya no volverá”. Pero el ser humano necesita saber que las experiencias positivas vividas van a parar a algún lugar que no es la nada. Es la misma necesidad de creer que lo que apreciamos sigue vivo, como nos sucede con la “vida” en general y con la idea del “alma” y la “eternidad”.
Es por ello que lanzo una y otra vez esa frase, y mientras más la lanzo, más creo en su transformación, que al fin y al cabo es el significado del “cambio”. No se porqué tenemos la dichosa manía de dotar de gran importancia el primer pensamiento que se nos viene, y etiquetar como “incuestionable” la relación entre la palabra “cambio” y “fin”. Nuestro pensamiento a veces se llena de palabras urgentes, que como las prisas en cualquier aspecto que se den, no llevan a nada, tan sólo a retrasos. Es entonces cuando lo que queda de ti es tan sólo el reflejo, que pese a parecer irreal, es la parte más real de uno que mira hacia atrás (donde verdaderamente te encuentras) para decirte: “nada era tan urgente como caminar despacito ante los cambios”. Despacito y coordinado con la cabeza. Porque en situaciones de “transformación” nuestras fuertes piernas para andar se sitúan encima de los hombros.
Ahora vuelvo a coger esa frase, como el boomerang en la playa, pero esta vez entiendo su verdad “la rutina que añoro no volverá, sin embargo no se perderá”. No sólo se convertirá en otra rutina que en otro futuro añoraré, sino que cada una de sus formas permanecerá. Si no guardamos recuerdos, no crecemos, no podríamos echar de menos, no apreciaríamos pero tampoco dejaríamos espacio para aquellos recuerdos que hoy, aún no se han formado. En definitiva somos pura experiencia, puro recuerdo pasado y todavía no sucedido. Los recuerdos son “anclas” que nos hacen saber porqué estamos ahora aquí y porqué “somos”.
Por ello, los cambios son “puntos y aparte”. Son, en un principio, “boomerang” que no retornan inmediatamente a nosotros, de ahí que los principios cuesten tanto. Con el tiempo, ya no seremos “novatos” ante lo nuevo, y comprobaremos que aquello que un día lanzamos y que no volvía, regresará transformado… para nunca perderse.
LJB
Con frecuencia, hacemos esta clase de lanzamientos, especialmente cuando terminamos etapas y creemos una verdad que queremos que mienta: “aquella rutina que añoro ya no volverá”. Pero el ser humano necesita saber que las experiencias positivas vividas van a parar a algún lugar que no es la nada. Es la misma necesidad de creer que lo que apreciamos sigue vivo, como nos sucede con la “vida” en general y con la idea del “alma” y la “eternidad”.
Es por ello que lanzo una y otra vez esa frase, y mientras más la lanzo, más creo en su transformación, que al fin y al cabo es el significado del “cambio”. No se porqué tenemos la dichosa manía de dotar de gran importancia el primer pensamiento que se nos viene, y etiquetar como “incuestionable” la relación entre la palabra “cambio” y “fin”. Nuestro pensamiento a veces se llena de palabras urgentes, que como las prisas en cualquier aspecto que se den, no llevan a nada, tan sólo a retrasos. Es entonces cuando lo que queda de ti es tan sólo el reflejo, que pese a parecer irreal, es la parte más real de uno que mira hacia atrás (donde verdaderamente te encuentras) para decirte: “nada era tan urgente como caminar despacito ante los cambios”. Despacito y coordinado con la cabeza. Porque en situaciones de “transformación” nuestras fuertes piernas para andar se sitúan encima de los hombros.
Ahora vuelvo a coger esa frase, como el boomerang en la playa, pero esta vez entiendo su verdad “la rutina que añoro no volverá, sin embargo no se perderá”. No sólo se convertirá en otra rutina que en otro futuro añoraré, sino que cada una de sus formas permanecerá. Si no guardamos recuerdos, no crecemos, no podríamos echar de menos, no apreciaríamos pero tampoco dejaríamos espacio para aquellos recuerdos que hoy, aún no se han formado. En definitiva somos pura experiencia, puro recuerdo pasado y todavía no sucedido. Los recuerdos son “anclas” que nos hacen saber porqué estamos ahora aquí y porqué “somos”.
Por ello, los cambios son “puntos y aparte”. Son, en un principio, “boomerang” que no retornan inmediatamente a nosotros, de ahí que los principios cuesten tanto. Con el tiempo, ya no seremos “novatos” ante lo nuevo, y comprobaremos que aquello que un día lanzamos y que no volvía, regresará transformado… para nunca perderse.
LJB
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