Está claro que somos la suma de varias partes, que eso constituye nuestro todo.
Pero no me había dado cuenta hasta este momento cuando sentí que mi “yo futuro” interrogaba a mi presente, que éste, que siempre se había movido despacio, siguiendo el saludo y la despedida del sol cada día, conversaba ahora con lo que a veces, en nuestros propios guiones, debería suceder.
Cuando dos partes de ti discuten, intentas encontrar un punto de reconciliación, poner un poco de cordura en la propia locura. El presente se agobia por la prisa del futuro y éste último se desespera por la parsimonia del primero. Lo común, es que ambos se desesperan. Lo hacen por encontrarse, por estrecharse la mano, pero saben que son como dos líneas paralelas, siguiendo la misma dirección, dibujando trayectorias similares. Una especie de líneas paralelas que pertenecen a una sola. Una sola línea que lleva mi nombre y me representa.
Esa lucha podía trasladarse a un lienzo formando un garabato... que no era otra cosa que el nudo que me impedía tragar con fluidez los pensamientos que cruzaban mi cabeza. Y ahí estaba… en una primera fila intentando ver mi aparición.
Tal vez no tenía claro cuales eran mis sueños, o quizás lo tenía tan claro que no podía verlo con claridad. Para ser más concretos, cualquier luz, por pequeña que sea, genera siempre una sombra (es importante saber que también funciona al contrario), y la sombra de mi claridad era el temor de que al paso de los años la luz que encendí una vez, no hubiese avanzado conmigo, al mismo ritmo, y desde aquel punto situado, yo en ese futuro, no podría ver lo que en aquella oscuridad ya había imaginado. Creo que mi error tan sólo era, que el futuro siempre lograba alzar más la voz que el presente. Pero uno no puede vivir siendo futuro, tiene que vivir donde está su cuerpo, y éste… lo hace en un solo tiempo, en un sólo adverbio: hoy. Y en lugar de ser “mañana” el motor de mi presente… se convertía en unos zapatos con los cordones atados entre sí que al ímpetu de mis deseos de caminar, provocaban mi caída.
Menos mal que siempre he sabido de mi último recurso ante mis propias desapariciones en mi vida. Cuándo estoy perdida, cuando no se escucha nada… permanezco en profundo silencio, hasta que distingo mis latidos y a él le pregunto “¿Qué te pasa?, ¿qué necesitas?”, a veces la segunda pregunta hay que formularla primero, pues sabiendo lo que necesitas puedes intuir el motivo, lo que te sucede. Yo necesitaba que el tiempo se parase, que fuese un acompañante con el que uno sale a pasear adaptando el ritmo de sus pasos. Sólo así se puede hablar, escuchar, disfrutar… alejar preguntas sin sentido o simplemente caer en la cuenta de que no todo tiene porqué tener respuesta, y que algunas se consiguen únicamente caminando, al paso. Cuando un pie permanece en el suelo y el otro se levanta para adelantarse.
Pensar que era yo la que tenía que acelerar su paso para ir acorde con el sol de cada día, me agobiaba, el tiempo es uno, igual que la vida, así que la que debía correr era yo. Pero, un momento, yo también soy una, y cada persona tiene su ritmo. Mi ritmo de latir era otro, más lento, aunque mi cabeza triplicase a veces su velocidad. Creo que ya se lo que sucede, no temo al tiempo, sino a aquello que considero fundamental en la vida, imprescindible para sentirme más viva. Yo temía no encontrarlo, o hacerlo demasiado tarde y no poder disfrutarlo. Apuntad este fallo común: tomarse las oportunidades tan a pecho como para convertirlas en grandes responsabilidades. La vida es nuestra oportunidad, yo sólo quiero que tú, estés en ella y entonces, ese será el momento en el que presente y futuro se estrechen la mano y conversen al mismo tono.
No se tú pero… si al final del camino no te veo por la oscuridad, dicen que siempre… hay una segunda oportunidad.
LJB