"Dejar que suceda para cambiar lo sucedido". O simplemente esperar a que suceda y ya veremos lo que hacemos después. Pero ¿qué pasa con aquellas cosas que se quedan al borde de lo sucedido?, que no llegan nunca a pasar ni a traspasar la frontera. Aquello que no puede ser transformado porque ni siquiera “ha sido” y en el hueco del abismo que lo separa de la materialización, se despeña sin ser nada siéndolo todo. Es un ancla que nos arrastra y que en otros casos se oxida. Un ancla con peso de pluma, que se eleva y mezcla con el aire, dibujando círculos que nunca vemos pintados.
Es el encanto de la ilusión, el combustible intangible que hace que caminemos. Pese a agotarse numerosas veces, pese a luchar contra ello. Nos mantiene tanto en pie que si algún día los planetas se alinean y lo que no ha sido, simplemente “es”, sentiremos nuestros dedos aferrarse al trozo de tierra del abismo que tan peligroso se mostraba pero al que tan acostumbrados estábamos a sentarnos en él y balancear nuestros pies.
Todo lo escrito es fruto de ese barranco, por el que se arrojaban las anclas que después, ligeras, sobrevolaban siempre mi cabeza. Mientras tanto, las palabras que escribía saltaban salvando los metros que me separaban del suelo. Haciéndome ver que el otro lado existía, que los sentidos no me engañaban, aunque no hubiese podido llegar.
Puede que un día, de tantas cosas arrojadas, surja una montaña que en mitad del vacío nos haga alcanzar lo sucedido. Y entonces, puede que entienda que para conseguir lo que deseamos con tanto corazón, era necesario esperar y creerlo todo perdido.
LJB
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