Te escurres, como cualquier pez entre las manos. Te has vuelto tremendamente hábil. Ahora nadas por las aguas sin temor a hacerlo a contracorriente o a que tengas que esquivar muchos de los peces que danzan con sus aletas por ahí. Y aunque atrás quedó el brillo de tus escamas en esos días soleados, en los que los rayos atravesaban la superficie del mar… sabes que hacerse escurridizo nunca fue una buena opción, porque aunque ningunas manos llegasen a permanecer más de dos segundos en ti, era suficiente para quemarte la piel.
Sin embargo no dejé de creer en ti, pues de niña y cuando apenas tú sabías nadar, danzabas a mi alrededor mientras probaba con mis pies hasta dónde éstos llegaban. Incluso los días de oleaje, aparecías de repente dando un saltito para hacerme ver que estabas cerca. Eran tiempos mejores, en los que no huías de ti mismo y te dejabas querer hasta cuando las cosas no te iban del todo bien por el océano.
Recuerdo aquellos días porque se que te echas tanto de menos como yo a ti. Sabes que nunca pensé en hacerte la mejor pecera del mundo porque sólo puedes ser tú en la inmensidad de la libertad. Por mucho que ésta asuste, y también por mucho que nos perdamos en ella. Pero se que estás. Aunque te busques. Tal vez estés en el límite en el que el rayo de sol se desvanece en la distancia. Aún así, es suficiente para que intuyas mi reflejo o quizás alguna de las ondas de esa lágrima que se me ha escapado por echarte de menos. Tan sólo quiero decirte:
No pares de nadar, nada a tu ritmo, y lo que necesites para ser de nuevo ese gran corazón nadador… llegará y verás cómo no era imposible volver a danzar donde siempre fuiste tú, dónde siempre exististe… en la inmensidad del mar.
Hay quién es ese pez,
también quién es esa niña,
y quien es ambos a la vez.
LJB
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