Hagamos un pacto para no pactar. Sí, ya sabes a que me refiero, para establecer lo que no queremos que quede establecido.
Seamos apariencia, seamos la mejor unión que haya habido durante unas horas, la pieza del puzzle que encaja a la primera. Seamos amigos inseparables sólo cuando nos veamos. Propongo… que nos comprendamos sin esfuerzo, y si no nos entendemos, que nos riámos y nos complementemos. Yo te propongo que no nos importe nada durante unas horas. Y que cuando nos despidamos, no nos importemos.
Que seamos lo que somos, aunque sea aparentemente. La unión perfecta que se permite separarse y volver a juntarse sin el mínimo conflicto. Que peguemos igual que la primera vez aunque en tantas ocasiones nos hayamos despegado. No es tan difícil, todo el mundo sabe mentir y mentirse.
Elijamos cómo y cuándo queremos importarnos. Y que todo lo que nos una sea también lo que nos desuna. Sí, como un interruptor. Un botón que accionas o no. Seamos en las despedidas un nacimiento. Un bebé sin sentimientos aún forjados. Crezcamos y cuando notemos algo, retrocedamos a ese bebé que aún desconocía y le quedaba tanto por descubrir.
Sólo propongo la libertad. Liberarnos de cualquier cosa que pueda dañarnos. Pero… no te voy a mentir. Cada vez resulta más complejo volver a ser ese bebé que era libre en el mundo que todavía no conocía. Temo que algún día no podamos retroceder.
Hagamos un pacto para no pactar, un pacto con dos caras: la libertad en una, y en la otra, el miedo de la vulnerabilidad. El pánico de los mortales, el susto de lo natural.
Sí, ya lo sé, ¿para qué vamos a engañarnos? No hay pactos para deshumanizarse. No existen. Pero es curioso, si cada despedida es un nacimiento, como “parto” pactado, ni siquiera ese milagro… está libre de dolor.
sábado, 16 de abril de 2011
miércoles, 16 de marzo de 2011
LIBERTAD
Libertad era todavía pequeña, pero como todos, con cierta edad soñamos con hacernos mayores, y en un intento por vernos, nos imaginamos gozando de los privilegios de la edad que anhelamos. Pero eso sí, siempre, siendo nosotros mismos.
Ella no quería cambiarse por nadie en el mundo, ni siquiera por sí misma pasados unos años. Lo que desconocía, es que por mucho que desease ser igual, nada lo sería: su situación, su rostro, su mente, sus sueños…
Todo crece y cambia con nosotros. Libertad ya era adulta, sin embargo, empeñada en ser más y más grande, sus esfuerzos por liberarse de cualquier atadura no cesaban. La verdad es que siempre necesitó a quienes le rodeaban. Necesitaba sentirles, no sólo conocer su paradero y ser consciente de su confianza y de su ayuda en momentos puntuales. Hasta que logró comprender que los demás eran también ella. Pequeñas libertades que aunque de vez en cuando dependiesen del resto, seguían siendo independientes.
Comprendido esto, el tiempo, libre desde su invención, siguió pasando ajeno a quienes caminan por su línea. Una línea que a veces más delgada, dificulta nuestro paso, avanzando por ella de puntillas, sin a penas darnos cuenta de las cosas. Otras, mucho más ancha, nos permite apoyar bien los pies, dejando profundas huellas, recuerdos, vivencias que asumimos despacio.
Libertad conocía bien el tiempo en el que se movía. Un tiempo que cada vez más, disfrutaba con ella misma empeñada en hacerse más y más grande, en ser… más y más libre. Ella misma, su propia atadura, su nudo definitivo. Todo ocurría muy de vez en cuando. Los acontecimientos se iban dispersando en el calendario junto con su libertad.
Y un día, Libertad despertó, se miró al espejo y se vio como siempre anheló verse: GRANDE, inmensa. Ni siquiera podía verse en sus muñecas antiguas ataduras. Por fin, ya era totalmente ¡LIBRE!. Nada ni nadie la ataban. Libertad era tan libre y tan grande… como su soledad.
Ella no quería cambiarse por nadie en el mundo, ni siquiera por sí misma pasados unos años. Lo que desconocía, es que por mucho que desease ser igual, nada lo sería: su situación, su rostro, su mente, sus sueños…
Todo crece y cambia con nosotros. Libertad ya era adulta, sin embargo, empeñada en ser más y más grande, sus esfuerzos por liberarse de cualquier atadura no cesaban. La verdad es que siempre necesitó a quienes le rodeaban. Necesitaba sentirles, no sólo conocer su paradero y ser consciente de su confianza y de su ayuda en momentos puntuales. Hasta que logró comprender que los demás eran también ella. Pequeñas libertades que aunque de vez en cuando dependiesen del resto, seguían siendo independientes.
Comprendido esto, el tiempo, libre desde su invención, siguió pasando ajeno a quienes caminan por su línea. Una línea que a veces más delgada, dificulta nuestro paso, avanzando por ella de puntillas, sin a penas darnos cuenta de las cosas. Otras, mucho más ancha, nos permite apoyar bien los pies, dejando profundas huellas, recuerdos, vivencias que asumimos despacio.
Libertad conocía bien el tiempo en el que se movía. Un tiempo que cada vez más, disfrutaba con ella misma empeñada en hacerse más y más grande, en ser… más y más libre. Ella misma, su propia atadura, su nudo definitivo. Todo ocurría muy de vez en cuando. Los acontecimientos se iban dispersando en el calendario junto con su libertad.
Y un día, Libertad despertó, se miró al espejo y se vio como siempre anheló verse: GRANDE, inmensa. Ni siquiera podía verse en sus muñecas antiguas ataduras. Por fin, ya era totalmente ¡LIBRE!. Nada ni nadie la ataban. Libertad era tan libre y tan grande… como su soledad.
lunes, 28 de febrero de 2011
VOZ
Todo estaba en absoluto silencio o al menos parecía estarlo. Mi boca sellada cosía mi voz por dentro, mis palabras. Tiraban de ellas que se afanaban por salir, pero cuanto más creía cosidos los hilos que las secuestraban… sucedió. Salió mi voz. Abrí la boca y la dejé escapar. El caos que llevaba dentro se estabilizó en el instante en que me escuché. Entonces lo entendí, por muy atacada que estuviese, por mucho que desconfiase de mi capacidad para emitir, la paz volvió y pude sentir que mi voz, la voz, la de todos, es el arma más poderosa de la que disponemos.
Por sí sola, sin las palabras. Ese simple sonido va desde la vida hasta la misma muerte. Una silenciosa habitación en la que irrumpe el débil sonido de quien creíamos perdidos, ahora significa la vida, la esperanza; O tal vez la misma habitación y la idéntica voz débil de quien creemos abatido, nos confirme nuestros peores temores. De esta forma, como si de un guante tirado se tratase, las palabras esperan a que la fría mano las busque para darles cuerpo. Y la voz va cubriendo cada uno de los huecos vacíos de los dedos de aquel guante, antes insignificante.
Somos la palabra. Quienes la disparamos, quienes matamos con ella o damos la vida al reconocer el sonido de aquellas otras palabras que nos resucitan… cuando nos creemos muertos.
Por sí sola, sin las palabras. Ese simple sonido va desde la vida hasta la misma muerte. Una silenciosa habitación en la que irrumpe el débil sonido de quien creíamos perdidos, ahora significa la vida, la esperanza; O tal vez la misma habitación y la idéntica voz débil de quien creemos abatido, nos confirme nuestros peores temores. De esta forma, como si de un guante tirado se tratase, las palabras esperan a que la fría mano las busque para darles cuerpo. Y la voz va cubriendo cada uno de los huecos vacíos de los dedos de aquel guante, antes insignificante.
Somos la palabra. Quienes la disparamos, quienes matamos con ella o damos la vida al reconocer el sonido de aquellas otras palabras que nos resucitan… cuando nos creemos muertos.
domingo, 5 de diciembre de 2010
NAVIDAD
Navidad. Esa época que tanto difiere entre niños y adultos. Un mismo mes visto desde unos ojos adultos que una vez vieron… sintieron como un niño. Y eso es lo que nos importa. En cambio, ese niño presenciará la navidad como un adulto, cuando el tiempo decida que debe hacerlo. Pero eso, no es lo que le importa. La lógica del pequeño es mayor que la de los mayores. Lo que no existe porque aún no se ha dado, se ignora.
Diciembre está lleno de luces de colores que saludan, de juguetes que aún sin tenerlos ya generan el cosquilleo de la ilusión, de la magia. Diciembre son abuelos, primos, tíos, padres, amigos. Para ellos es el mes que confirma lo que llevan creyendo siempre: que lo fantástico existe.
Para nosotros, la cosa cambia un poco. Es la fecha del calendario que nos da otra oportunidad para seguir creyendo en el dibujo de los sueños que antes pintábamos, y que ahora es un trazo. El mismo trazo que año tras año repasamos con la esperanza de que un día cambie y adquiera los colores que de pequeños, le hubiésemos dado con nuestra caja de lápices.
A veces diciembre se enfría, y aprieta el viento de la nostalgia, nos dibuja en calles vacías donde respiramos la alegría de los demás. Nos alimentamos de la compañía de los otros, de sus sonrisas, de sus corazones llenos que se permiten volar aún más en los días últimos que zanjaran otro año.
Con esos pensamientos, el joven se acercó a un escaparate en el que asomaba una bola de cristal de esas que se agitan dejando caer la nieve. El reflejo de casi toda la calle se podía ver en aquel objeto de la infancia. Deseó estar allí dentro y formar parte de lo que había fuera, pero donde pese a estar allí mismo, no podía sentirse dentro.
Así fue como año tras año tuvo la navidad que deseaba. Viendo las caras de otros adultos que como él, se acercaban a aquella bola. Una joven alegre y aparentemente normal, se podía ver al otro lado del cristal. Era la primera vez que el muchacho deseaba más que nunca estar donde, pese a no encontrar su lugar, era su sitio. Golpeó con fuerza para romper el objeto.
Se despertó sobresaltado en el banco de la plaza. Vio el escaparate y se acercó. Allí estaba ella, la joven del sueño, admirando como él aquel juego de nieve atrapado en el cristal, con la nostalgia infantil propia de los adultos que desean lo que nadie puede traerles. Entonces, la bola se convirtió… no en el objeto deseado, sino en el cristal que en lugar de separarlos, aquel mes de diciembre, les había unido por el resto de las navidades.
Diciembre está lleno de luces de colores que saludan, de juguetes que aún sin tenerlos ya generan el cosquilleo de la ilusión, de la magia. Diciembre son abuelos, primos, tíos, padres, amigos. Para ellos es el mes que confirma lo que llevan creyendo siempre: que lo fantástico existe.
Para nosotros, la cosa cambia un poco. Es la fecha del calendario que nos da otra oportunidad para seguir creyendo en el dibujo de los sueños que antes pintábamos, y que ahora es un trazo. El mismo trazo que año tras año repasamos con la esperanza de que un día cambie y adquiera los colores que de pequeños, le hubiésemos dado con nuestra caja de lápices.
A veces diciembre se enfría, y aprieta el viento de la nostalgia, nos dibuja en calles vacías donde respiramos la alegría de los demás. Nos alimentamos de la compañía de los otros, de sus sonrisas, de sus corazones llenos que se permiten volar aún más en los días últimos que zanjaran otro año.
Con esos pensamientos, el joven se acercó a un escaparate en el que asomaba una bola de cristal de esas que se agitan dejando caer la nieve. El reflejo de casi toda la calle se podía ver en aquel objeto de la infancia. Deseó estar allí dentro y formar parte de lo que había fuera, pero donde pese a estar allí mismo, no podía sentirse dentro.
Así fue como año tras año tuvo la navidad que deseaba. Viendo las caras de otros adultos que como él, se acercaban a aquella bola. Una joven alegre y aparentemente normal, se podía ver al otro lado del cristal. Era la primera vez que el muchacho deseaba más que nunca estar donde, pese a no encontrar su lugar, era su sitio. Golpeó con fuerza para romper el objeto.
Se despertó sobresaltado en el banco de la plaza. Vio el escaparate y se acercó. Allí estaba ella, la joven del sueño, admirando como él aquel juego de nieve atrapado en el cristal, con la nostalgia infantil propia de los adultos que desean lo que nadie puede traerles. Entonces, la bola se convirtió… no en el objeto deseado, sino en el cristal que en lugar de separarlos, aquel mes de diciembre, les había unido por el resto de las navidades.
viernes, 26 de noviembre de 2010
Y MAÑANA... ¿PODRÁS VERTE?
¿Porqué hay personas que son incapaces de imaginarse en un futuro?, debe de haber una razón. Y mientras la buscas, una sensación de temor te invade. ¿Es por simple falta de imaginación o proyección? ¿O quizás porque nuestro destino no llega más allá de hasta donde somos capaces de vernos? Mientras piensas esa idea, parece que la alimentas. Es sumamente fácil engordar lo malo. Es como si nuestras habilidades estuviesen más desarrolladas para pensar en lo que nos asusta y al contrario sucede con lo bueno, éste es como un estómago reacio a incrementar su peso por más comida que le añadas.
Estoy segura de que la solución a muchos problemas es el mismo causante de ellos: el tiempo. El causante de la incredulidad con el paso de los años, de la desconfianza, del desánimo, de la desesperanza que, afortunadamente, siempre vuelve a esperanzarnos. La esperanza uno la pierde cuando después de tanto vivido, la vida le supera. Supongo, que debe ser como un instante de máxima locura en el que te reduces a nada y sientes que todo es en vano, que tu fe, tu esfuerzo, tu lucha, no se recompensa. Quién sabe, podrían considerar a los que permanecen internados con sus delirios, eternos desesperanzados. Porqué no afirmar que todos hemos sido en algún momento, almas desesperanzadas.
Puede que no creamos en ningún dios, pero puedo afirmar que en “algo” (aunque no sepamos qué) creemos. El ser humano actúa movido porque la vida (que respira como nosotros) le vea y le escuche y cuando más lo necesitamos, nos toque dándonos una palmada en la espalda, que se manifiesta en un hecho, en algo que anhelamos, esperábamos y que, suspirando agradecemos a dios (o a lo que creamos) que nos haya sucedido.
El tiempo… el tiempo es una cadena de manos que ciertas veces hemos deseado romper para unirnos a otra, que nos sitúa en otro momento, que nos permite volver a decidir, a escoger, y a estar junto a otras manos que de otra forma no sería posible. Pero el tiempo se mueve en una sola dirección, la misma en la que debemos caminar. El resto… el resto queda grabado en nuestras cabezas, para que le echemos un vistazo, para interiorizar lo que aprendimos. El tiempo lo es todo, nuestra ilusión, decepción, es la línea en la que todo tiene cabida. En la que existimos, y si fuese posible retroceder, hasta devolveríamos la vida a personas que quisimos, coincidiendo con ellas de nuevo o, dejando de existir nosotros.
Pero ¿porqué hay quienes no logran verse en un futuro?, creo que es por el poder que generan las ideas, que han sido condicionadas por nuestras experiencias, que generan expectativas, que por temor a no cumplirse y a la decepción hacen que optemos por no poder imaginarnos en lo que para nosotros sería, la palmada más grande que en la espalda, calurosamente… la vida nos diese.
Estoy segura de que la solución a muchos problemas es el mismo causante de ellos: el tiempo. El causante de la incredulidad con el paso de los años, de la desconfianza, del desánimo, de la desesperanza que, afortunadamente, siempre vuelve a esperanzarnos. La esperanza uno la pierde cuando después de tanto vivido, la vida le supera. Supongo, que debe ser como un instante de máxima locura en el que te reduces a nada y sientes que todo es en vano, que tu fe, tu esfuerzo, tu lucha, no se recompensa. Quién sabe, podrían considerar a los que permanecen internados con sus delirios, eternos desesperanzados. Porqué no afirmar que todos hemos sido en algún momento, almas desesperanzadas.
Puede que no creamos en ningún dios, pero puedo afirmar que en “algo” (aunque no sepamos qué) creemos. El ser humano actúa movido porque la vida (que respira como nosotros) le vea y le escuche y cuando más lo necesitamos, nos toque dándonos una palmada en la espalda, que se manifiesta en un hecho, en algo que anhelamos, esperábamos y que, suspirando agradecemos a dios (o a lo que creamos) que nos haya sucedido.
El tiempo… el tiempo es una cadena de manos que ciertas veces hemos deseado romper para unirnos a otra, que nos sitúa en otro momento, que nos permite volver a decidir, a escoger, y a estar junto a otras manos que de otra forma no sería posible. Pero el tiempo se mueve en una sola dirección, la misma en la que debemos caminar. El resto… el resto queda grabado en nuestras cabezas, para que le echemos un vistazo, para interiorizar lo que aprendimos. El tiempo lo es todo, nuestra ilusión, decepción, es la línea en la que todo tiene cabida. En la que existimos, y si fuese posible retroceder, hasta devolveríamos la vida a personas que quisimos, coincidiendo con ellas de nuevo o, dejando de existir nosotros.
Pero ¿porqué hay quienes no logran verse en un futuro?, creo que es por el poder que generan las ideas, que han sido condicionadas por nuestras experiencias, que generan expectativas, que por temor a no cumplirse y a la decepción hacen que optemos por no poder imaginarnos en lo que para nosotros sería, la palmada más grande que en la espalda, calurosamente… la vida nos diese.
lunes, 15 de noviembre de 2010
OTRO CALENDARIO
Aquellos pies corrían para estar siempre en la orilla, esperando a que la última ola, que nunca rompía, le alcanzase. Un mar en eterno movimiento que parecía no llegar a él pese a estar allí mismo, formando parte de su brisa, de su sal.
A veces la vida se muestra así. Y a veces el temor no es cumplir años, sino alcanzar esa edad sin nada de lo que imaginaste. Edades distintas y sin embargo, las mismas velas, el mismo pastel, el día más diferente e idéntico a los restantes del año. El calendario se convierte en una incertidumbre de la que estamos seguros. Pocas veces la seguridad nos da miedo. Si Alex miraba el calendario de un año, del otro, del siguiente a ese otro, y del siguiente al siguiente… era como si estuviese ante la visión de lo que verdaderamente son: Espacios vacíos que esperan llenarse, que esperan suceder. Pero para cobrar vida no basta con que uno la tenga.
Pese a todo, aunque le pareciese que nos acostumbrábamos a nuestra soledad, incluso aunque temiésemos quererla, jamás lo haríamos. Porque lo que hace que soportemos la soledad, es la esperanza del momento en el que aquella ola moje nuestros pies; y aquellas velas sean la luz de lo que anhelamos cuando somos la brisa que las apaga. Cuando soñabas con soplar esos futuros años que iluminaban en nuestra tarta favorita, la ilusión de quienes seríamos.
A veces la vida se muestra así. Y a veces el temor no es cumplir años, sino alcanzar esa edad sin nada de lo que imaginaste. Edades distintas y sin embargo, las mismas velas, el mismo pastel, el día más diferente e idéntico a los restantes del año. El calendario se convierte en una incertidumbre de la que estamos seguros. Pocas veces la seguridad nos da miedo. Si Alex miraba el calendario de un año, del otro, del siguiente a ese otro, y del siguiente al siguiente… era como si estuviese ante la visión de lo que verdaderamente son: Espacios vacíos que esperan llenarse, que esperan suceder. Pero para cobrar vida no basta con que uno la tenga.
Pese a todo, aunque le pareciese que nos acostumbrábamos a nuestra soledad, incluso aunque temiésemos quererla, jamás lo haríamos. Porque lo que hace que soportemos la soledad, es la esperanza del momento en el que aquella ola moje nuestros pies; y aquellas velas sean la luz de lo que anhelamos cuando somos la brisa que las apaga. Cuando soñabas con soplar esos futuros años que iluminaban en nuestra tarta favorita, la ilusión de quienes seríamos.
sábado, 30 de octubre de 2010
EL CABALLERO DE LA ARMADURA
Se abría paso entre la gente, con la cabeza alta, con el corazón frío. Estaba tan acostumbrado a dar pasos en falso que aquello le fortalecía, y si el suelo no se resquebrajaba a su paso entonces asomaba la duda del débil que se endurece. Que temple, que fuerza, nada podía traspasarle. Tal vez sí las espadas pero no las palabras. No aquellas que te disparan de lleno impidiéndote dar respuesta alguna. Porque hay palabras que a pesar de apuntar a la misma zona, te reviven o te causan una herida fatal.
¡Ay las palabras!, las heridas… las heridas fatales y su recorrido. Las hay fatales desde el primer momento y fatales finales; son las que se infectan y se tornan incurables. En ambas hay sufrimiento, pero en las segundas éste adquiere otras formas y se prolonga afectando a nuestra actitud, a nuestras ilusiones y a lo que somos: esperanza.
Así el guerrero se va armando de pies a cabeza. Lo que él no sabe es que a cada armadura externa le corresponde una interna y más difícil de quitar. El guerrero que de los demás se defiende se convierte en guerrero de sí mismo, en víctima de las palabras que sólo nos permitimos sentir aquella vez. Estuvimos tan cerca de lo que quisimos que volver a acercarse supondría el suicidio. Y por ello nos mandamos a la “nada” de una patada, flotando entre el deseo, entre el calor que no tuvimos y que ahora sólo nos permitimos intuir.
Es la forma más estúpida de creerse a salvo condenándose. Pero es una creencia en vano que nos calma por el hecho de no llevar nuestro nombre susurrado ni una mano hacia nuestro pecho. No es ninguna persona y nosotros no somos nada en ella. Estamos perdidos… pero no lo estamos en alguien, sino en nosotros mismos, y eso, aunque pueda parecer ridículo, nos da seguridad.
Él era un caballero de la armadura que como yo se abría paso. No porque nos temiesen, sino porque los demás eran caballeros de armadura repletos de heridas fatales, impenetrables pero igualmente vulnerables que creyéndose a salvo… se abrían a su vez, paso entre nosotros.
¡Ay las palabras!, las heridas… las heridas fatales y su recorrido. Las hay fatales desde el primer momento y fatales finales; son las que se infectan y se tornan incurables. En ambas hay sufrimiento, pero en las segundas éste adquiere otras formas y se prolonga afectando a nuestra actitud, a nuestras ilusiones y a lo que somos: esperanza.
Así el guerrero se va armando de pies a cabeza. Lo que él no sabe es que a cada armadura externa le corresponde una interna y más difícil de quitar. El guerrero que de los demás se defiende se convierte en guerrero de sí mismo, en víctima de las palabras que sólo nos permitimos sentir aquella vez. Estuvimos tan cerca de lo que quisimos que volver a acercarse supondría el suicidio. Y por ello nos mandamos a la “nada” de una patada, flotando entre el deseo, entre el calor que no tuvimos y que ahora sólo nos permitimos intuir.
Es la forma más estúpida de creerse a salvo condenándose. Pero es una creencia en vano que nos calma por el hecho de no llevar nuestro nombre susurrado ni una mano hacia nuestro pecho. No es ninguna persona y nosotros no somos nada en ella. Estamos perdidos… pero no lo estamos en alguien, sino en nosotros mismos, y eso, aunque pueda parecer ridículo, nos da seguridad.
Él era un caballero de la armadura que como yo se abría paso. No porque nos temiesen, sino porque los demás eran caballeros de armadura repletos de heridas fatales, impenetrables pero igualmente vulnerables que creyéndose a salvo… se abrían a su vez, paso entre nosotros.
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